dilluns, 1 de març del 2010

Sostiene Pereira






Estos días he releído el libro de Antonio Tabucchi Sostiene Pereira. ¡Menos mal que existen las relecturas! Estoy sorprendida de lo impresionada que me ha dejado esta vez tras la indiferencia que me provocó la primera lectura. En este cambio seguro que es importante el hecho de que ahora he podido leerlo en italiano, tal y como fue escrito, pero básicamente han sido los años transcurridos lo que me han permitido captar el auténtico sentido del libro, las enseñanzas, los mensajes que ahora me parecen tan evidente pero entonces pasaron inadvertidos a una mirada adolescente. Entonces me quedé en la lectura superficial, en la anécdota, en el argumento de una historia que me resultó aburrida, cansina, falta de interés. Hoy, su lectura más profunda me ha resultado apasionante, he disfrutado con la forma como está construida, con la caracterización del personaje, y me ha abierto la puerta a inquietantes reflexiones.
Sostiene Pereira habla de una época y de unos sucesos que aparentemente pueden resultarnos lejanos, caducos, superados: la resistencia política contra la dictadura fascista de Portugal en 1937. Sin embargo, hay historias que siempre tienen que enseñarnos algo pasen en la época que pasen. Y si nos fijamos que la novela fue escrita en los años noventa por un escritor italiano como metáfora de la situación política italiana de aquel momento, nos damos cuenta que la moraleja de la novela sigue vigente. De hecho, es inquietantemente actual. Porque la realidad italiana no ha mejorado mucho desde los años noventa, sino ha empeorado. La opinión pública, la sociedad, cada vez más débil o narcotizada o pasiva consiente los atropellos del poder político, la manipulación, el abuso, la falta de libertades, el escarnio de la democracia y la división de poderes, las declaraciones y actuaciones intolerables. A veces me pregunto cómo deben vivir esa realidad los italianos decentes y progresistas. Con qué impotencia, rabia o resignación se despiertan cada día. ¿Qué puedes hacer por tu país cuando tus conciudadanos han elegido ese destino? La mayoría de italianos con los que he hablado adoptan una postura irónica, se burlan con tristeza de la situación de la política en su país, pero la ironía implica tomar distancia. Y es que no puedo olvidar que esos italianos con los que hablo seguramente ya se posicionaron cuando decidieron irse de su país. Claro, que ¿quiénes somos nosotros para juzgar a los italianos por consentir a sus políticos cuando nos sabemos que nos deparará el futuro a los españoles? Me inquieta que tomemos el camino italiano cuando veo el panorama que dibujan algunas situaciones judiciales, las declaraciones que se lanzan desde algunos medios de comunicación y las actitudes que se consienten y apoyan desde la ciudadanía en algunos ayuntamientos y Comunidades Autónomas.

Sostiene Pereira habla del despertar a la realidad de un periodista. Pero no es despertar de un joven reportero recién llegado a la profesión. Sino de un periodista veterano, mayor, cercano a la jubilación. ¿Cómo se puede despertar a la realidad después de 40 años de profesión? La pregunta debe resultar escalofriante para el protagonista que descubre que ha vivido una existencia paralela con sus traducciones de escritores franceses del siglo XIX mientras la vida estaba sucediendo fuera, que ha sido cómplice con su silencio, con su inconsciencia, con su indiferencia y su desinterés de lo que estaba pasando en su país, y en el mundo. Es una novela extraordinaria sobre la toma de conciencia. Y Tabucchi nos va desgranando ese proceso interior del personaje con tanta sutileza y elegancia que el lector va sufriendo la misma evolución que Pereira. Pereira está solo, no hay nadie que le abra los ojos, que le explique lo que está pasando, que le convenza de lo que está bien y lo que está mal. Son los hechos los que le obligan a cuestionarse la realidad. Y el lector, como Pereira, también está solo. Sólo cuenta con sus ojos y con su consciencia. Tabucchi no te guía, no te lo pone fácil, no te impone lo que debes pensar, no te ofrece discursos, ni sermones. Te presenta los hechos y tú decides qué camino tomar. Como Pereira. Puedes permanece indiferente, ciega a una realidad latente, como yo cuando leí la novela por primera vez, o puedes toma consciencia. Me he acordado tanto de una obra de teatro que estudié en la facultad. “Morir por cerrar los ojos” de Max Aub, donde se trataba el mismo tema desde la postura de la sociedad francesa en los años de la II Guerra Mundial. Y es que a veces no se puede permanece al margen, hay que tomar partido. Porque obstinarse en mantenerse al margen, en decir “eso no va conmigo”, “eso no me afecta” es ya tomar partido, es consentir, es convertirse en cómplice de lo que está pasando.

La metamorfosis de Pereira también me ha recordado a una película de la que ya hablé anteriormente, The visitor. Al igual que el maduro profesor universitario americano, Pereira tiene una profesión intelectual que le permite permanece al margen de la vida, vivir recluido en su esfera intelectual y en sus recuerdos. Pereira es viudo como el protagonista de The Visitor. También lleva una vida apática, abúlica, sin ningún estímulo ni interés. Hasta que una pareja joven le devuelve la sangre a las venas, lo obliga a enfrentarse con la sociedad injusta en la que vive. Y al mismo tiempo, le devuelve las ganas de vivir y las ilusiones.

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