diumenge, 19 de novembre de 2017

El regalo literario de “La Ridícula Idea de no volver a verte” de Rosa Montero

Empecé a leer “La Ridícula Idea de no volver a verte” de Rosa Montero al final del verano por curiosidad y por afinidad literaria con la autora, pero resultó ser uno de los descubrimientos del año que me ha aportado tantas reflexiones interesantes de la autora, y también me ha abierto la puerta a líneas de pensamiento propias que aún no había explorado. Esta pequeña joya ha pasado bastante inadvertida, pero invito a muchas mujeres y hombres sensibles de mi entorno a descubrirla. Se trata de un género híbrido a medio camino entre el análisis literario y el libro de memorias personal.

A partir de la lectura del breve diario que Marie Curie escribió tras la muerte de su marido en un accidente, Rosa Montero hace un repaso de la vida de la célebre científica aportando sus propias reflexiones sobre el papel de la mujer en aquel momento histórico, incluso en l’actualidad. Todo ello complementado con fragmentos de la propia vida de Rosa Montero, especialmente su reciente viudez que es lo que en un principio la lleva a leer este diario de Curie.

Lejos de ser un texto triste como podría parecer al pensar que es una mujer que acaba de perder a su pareja y escribe sobre el diario de otra mujer en la misma situación, La Ridícula Idea de no volver a verte es inspirador, revelador, e incluso contagia entusiasmo y energía al reseguir la pasión de Curie por su profesión.   En la delicadeza de su prosa encuentro muchos pensamientos que comprendo perfectamente y vivencias con los que me identifico y que quería compartir.

Sobre la muerte y el proceso de duelo
Evidentemente en este libro hay mucho espacio para reflexionar sobre la muerte y el duelo. Montero cita un estudio mundial con resultados sorprendentes que aseguran que estar separado o divorciado aumenta el riesgo de sufrir depresiones agudas en doce de los países estudiados, mientras que ser viudo o viuda tiene menos influencia en casi todas partes.  Montero se pregunta “¿qué les falta a los primeros? Desde luego no la persona amada, sino una narración convincente y redonda. Un relato consolador que les dé sentido”.

En este sentido, aporta algunas ideas que posiblemente están detrás de la génesis de este libro: “Nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria”. “Para vivir tenemos que narrarnos, somos un producto de nuestra imaginación”.

Dice Montero al principio del libro “Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos”. Y añade “somos relicarios de nuestra gente querida. Los llevamos dentro, somos su memoria”. Reflexiona la autora sobre como a medida que pasa el tiempo dejas de hablar de tus seres queridos muertos. Si bien es cierto que hablar continuamente de los muertos puede ser indicio de no estar realizado un saludable proceso de duelo, también es verdad que a veces sientes que al irlos silenciando poco a poco los estás traicionando. Los estás  negando como Pedro con Jesús.  Me refiero a cuando dejas de citar a alguien que ha sido fundamental en tu vida porque ha pasado el tiempo y al final casi nadie de tu entorno lo conoció y no tienes con quién compartir esos recuerdos. Pero sobre todo porque te das cuenta que cuando dices “cuando mi padre…“  te das cuenta que hay gente que nubla la vista como si fueras a ponerte a hablar de algo triste, cosa que los contraria. Nos repele la tristeza, nos molesta. Ya no citas a tus muertos, reservas esos momentos sólo con algunos de tus seres más queridos que no van a sentirse heridos ni molestos.

Montero habla también de las palabras que acompaña a la muerte de alguien  y que escapan a nuestras concepción: “ Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo”. Antes había concluido:  “Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la #Palabra”.  En la misma línea añade “es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud” y también “la recuperación no existe: no es posible volver a ser quien eras”

Autenticidad vs homogenización
Montero no se limita a hablar del dolor de haber perdido a su pareja después de una larga enfermedad, se remonta a momentos de su infancia como “Todo ese tiempo me costó empezar a sacar a la luz mi parte fantástica, a esa niña imaginativa que había mantenido prisionera bajo siete llaves en mi interior”. Visualizo perfectamente esa imagen en mi misma y recuerdo haber encerrado en el armario y amordazada a esa niña que fui, demasiado imaginativa y fantasiosa,  porque durante los años de la adolescencia y la primera juventud el sistema te fuerza a intentar pasar inadvertida y no ser demasiado excéntrica si quieres ser aceptada socialmente. Luego el trabajo es tuyo para encontrar la llave que escondiste en algún rincón que no recuerdas y poder liberar a la niña que encerraste. El sistema educativo de entonces tampoco favorecía que cada niño o niña desarrollara sus potencialidades, su propio camino sino que nos pintaba a todos con la misma capa de homogeneidad, donde la diferencia no estaba bien vista. Parece que la renovación pedagógica actual busca romper con esa amputación de las alas de los niños, espero que sea posible llevarla a cabo.  “Todas esas pequeñeces, en efecto, conforman a una persona. Son nuestra fórmula básica, el garabato único que cada uno dibuja en la existencia”.
En este sentido, comenta en otro momento del libro “con el tiempo he descubierto que la normalidad no existe, que no viene de la palabra normal, como sinónimo de lo más común, lo más abundante, lo más habitual, sino de normal, de regulación y de mandato. La normalidad es un marco convencional que homogeneiza a los humanos, como ovejas encerradas en un aprisco; pero si miras desde lo suficientemente cerca, todos somos distintos”.

Montero también habla de su historias de amor frustradas y dolorosas con una metáfora muy clarificadora: “Ya se sabe que sufrir de mal de amores es como marearse en un barco: a la gente tu estado le parece divertido, pero tú te sientes morir”.

Incluso se refiere a esos destinos de viajes que se han quedado en su corazón y que yo también tengo en el mío: Estambul, Islandia, las hermosas iglesias de madera de Noruega. Habla de Alaska también, pero ese más que en mi corazón lo tengo en mi frente como destino pendiente.

Sobre Marie Curie y la figura de la mujer
A parte de las reflexiones sobre su propia vida, el eje del libro es la existencia de Marie Curie desde su infancia en Polonia hasta su muerte por culpa de la radiación de sus descubrimientos.  Montero cita “el mayor descubrimiento de Pierre Curie fue Marie Sklodowska. El mayor descubrimento de ella fue … la radioactividad”.

Me ha encantado conocer esa fuerza de voluntad de Marie y de su hermana por acceder al estudio y al conocimiento. En aquella época las mujeres no iban a la universidad, y menos en Polonia ocupada por los rusos. Y menos en una familia de recursos modestos. Ellas habían oído que en algunos lugares como en Francia algunas mujeres habían osado estudiar en la universidad. Es asombrosa la madurez y firmeza que demuestran ella y su hermana mayor cuando en la adolescencia establecen un pacto de ayuda mutua. Marie trabajará para pagarle los estudios a su hermana en la Sorbona de París, y una vez esta finalice y se ponga a trabajar hará lo mismo con Marie. Así pues Marie pasa entonces los años fructíferos de la adolescencia, posiblemente los más fértiles para estudiar, trabajando de institutriz. Cuando su hermana mayor finaliza sus estudios y le escribe para cumplir con su parte del pacto, Marie se echa atrás. Cree que lleva demasiado tiempo lejos de los libros y que no está capacitada para semejante esfuerzo. Y además acaba de sufrir un desengaño amoroso. Afortunadamente cambia de opinión, porque sino la historia y la ciencia habrían perdido sus grandes aportaciones. Sin embargo, piensas, de cuántas mentes brillantes de mujeres como ella no nos habremos visto privados la Humanidad.

Montero explica el momento trascendental en el que Marie y Pierre se conocen y descubren casi inmediatamente que son el uno para el otro, situación que se me antoja casi un milagro. Que un hombre de su categoría científica tenga la suerte de que se enamore de él una mujer tan excepcional como Marie. Pero al revés es más improbable. Que una mujer que encajaba tan poco en los cánones femeninos del momento encontrara un hombre que la amara, deseara, respetara y estuviera dispuesto a trabajar a su lado aún es más increíble.

De todas formas, no nos engañemos, estamos hablando de finales del siglo XIX y no podemos hablar de plena igualdad. Montero explica como Pierre y Marie lo compartían todo, menos el trabajo doméstico.  Incluso descubres en los diarios de Marie detalles de esa inferioridad femenina que seguía vigente. Marie recuerda momentos pasados con Pierre en las reuniones sociales o científicas cuando ella tiene la sensación de que habla demasiado e intenta cederle el protagonismo a su marido “obedeciendo a esa sensación que he tenido de que lo que tú pudieras decir sería más interesante”.

La muerte de Pierre atropellado por un coche de caballos en París es un mazazo para Marie que adora a su marido. El diario que escribió los meses posteriores al fallecimiento y en el que se basa esta obra así lo muestran. Marie no tiene entonces ni 40 años. Y unos años después, conoce a otro hombre (desgraciadamente casado) y se vuelve a enamorar. Justo cuando le conceden el segundo premio Nobel, esta vez ya en solitario, la esposa despechada hace público en los medios de comunicación la noticia de la infidelidad. El escándalo en la sociedad de entonces es tal que el Comité del Premio Nobel le pide a Marie que no vaya a recoger el premio. Y ella responde con una lúdica y maravillosa carta llena de dignidad: “La acción que usted me recomienda me parece que sería un grave error por mi parte. En realidad el premio ha sido concedido por el descubrimiento del radio y el polonio. Creo que no hay ninguna conexión entre mi trabajo científico y los hechos de la vida privada. No puedo aceptar, por principios, la idea de que la apreciación del valor del trabajo científico pueda estar influida por el libelo y la calumnia acerca de mi vida privada. Estoy convencida de que mucha gente comparte esta misma opinión. Me entristece profundamente que no se cuente usted entre ellos”. Como diríamos hoy en día: menudo zasca! Hay que decir que entre las reputadas que apoyaron a Marie se encontraba el propio Einstein que le escribió una preciosa carta de apoyo.

Montero analiza el papel de la mujer y las dificultades que tuvo Marie para hacerse un hueco, y qué hueco!!, en la sociedad científica del momento. Aunque no ahorra algunas críticas a Marie Curie puesto que la define dentro de “las mujeres pelota a aquellas que, tras triunfar con grandes dificultades en la sociedad machista, se prestaban a ser utilizadas por esa misma sociedad para reforzar la discriminación”. Ciertamente este tipo de mujeres le hacen un flaco favor al resto cuando utilizan el discurso de “ves, yo lo he logrado, si una realmente vale puede conseguir llegar” poniendo así el peso de la responsabilidad en la falta de valía de la mujer y no en las dificultades del sistema.

Al final de este breve experimento literario tenemos el regalo de poder leer el texto íntegro del diario de Marie Curie en basa “La ridícula idea de no volver a verte” y al que Montero se remite tantas veces a lo largo del libro. En él descubrimos una mujer fogosa, apasionada pero también desgarrada y desesperada, muy alejada de la imagen fría y distante que de ella nos ha dejado la historia.

diumenge, 24 de setembre de 2017

El papel de la mujer en la Italia medieval a través de una interesante novela histórica

Conocemos la historia por las grandes gestas protagonizadas por hombres que eran los que escribían las crónicas y los libros. Pero en todos los tiempos, las mujeres también fueron tejiendo la historia, aunque de una manera más silenciosa, discreta y poco reconocida, y a menudo liderando gestas y batallas aún más heroicas. Algunas de esas proezas femeninas son las que nos descubre la novela “Amor divino, amor profano” de Sandra Ferrer, una valiosa obra para conocer el papel de la mujer en la Italia medieval, una época sobre la que existe poca narrativa de ficción.

Y lo hace a través de dos personajes aparentemente antagónicos pero con muchos elementos en común. La historia parte de dos amigas muy unidas en la infancia y la adolescencia pero con caracteres y vocaciones bastante opuestos. Mientras la pasión de una es la vida religiosa y contemplativa para la otra es ser feliz con la persona que ama. Dos metas muy distintas pero con un fuerte elemento en común: a ninguna de las dos les está permitido alcanzarlas. Así pues, las dos amigas luchan contra los convencionalismos y presiones familiares y sociales de aquella época, que no eran precisamente muy permisivos, para perseguir sus sueños y poder dirigir sus propias vidas, un afán tan legítimo pero tampoco corriente en aquella época, y mucho menos para las mujeres.

Y aquí radica justamente uno de los grandes aciertos de la autora, que mientras uno de los dos personajes es completamente ficticio, la otra protagonista de la novela está basada en un personaje real: Santa Clara de Asís.  Ferrer supera con creces la osadía de recrear la vida de Santa Clara de Asís, una mujer extraordinaria que protagonizó la historia en nombre propio pero que apenas se conoce. Seguidora de San Francisco de Asís que defendía la vida de oración, pobreza y trabajo, alejándose de los fatos y riquezas de la jerarquía de la Iglesia, una Clara adolescente huyó de su casa en Asís y abandonó a su familia noble y la vida acomodada para seguir a San Francisco y sus preceptos. Así, fundó la orden de la hermanas clarisas. Santa Clara de Asís fue además la primera y única mujer en escribir una regla de vida religiosa para las mujeres, alejada de las reglas tradicionales.

Sandra Ferrer recupera esta fascinante figura en su novela y lo hace con toda la solvencia de una importante trayectoria en el campo de las biografías históricas, especialmente en su lucha por recuperar y dar a conocer a figuras femeninas a través de su bloc Mujeres en la historia y diversos libros de ensayo como “Mujeres silenciadas en la edad media”, “Breve historia de la mujer” o “Breve historia de Isabel La Católica”. En su primera obra de ficción, Ferrer hace un muy meritorio el trabajo de investigación y documentación para darle verosimilitud y rigor a la recreación histórica, pero sin descuidar ni un ápice el ritmo narrativo, la caracterización de personales, la emoción del hilo argumental y de los dos personajes principales.  Con una prosa ágil y desprovista de artificio por la que te deslizas sin darte cuenta, Ferrer nos va desgranando la vida cotidiana de estas dos mujeres, sus sueños, pasiones, temores y luchas.

Sin duda una novela muy recomendable para los amantes de la historia y especialmente para los que quieran disfrutar descubriendo las páginas desconocidas que escribieron las mujeres.

diumenge, 25 de juny de 2017

Sant Joan, siempre una noche especial


Ya nada es lo que era, pero la verbena de Sant Joan sigue siendo uno de mis días favoritos del año. Tal vez los días especiales se viven con más intensidad en la infancia y al crecer todo empalidece un poco. Y quizás aún siga siéndolo por lo que tiene de nostalgia y de veneración antigua.

Era un día único y extraordinario. El olor a pólvora se confundía con los vientos de libertad que se levantaban ese día. El miedo que me generaban los petardos se evaporaban con la sensación de aventura y magia. El día de Sant Joan significaba la llegada del verano y las vacaciones, pero también ir a dormir muy tarde y pasar la noche en la calle con todos los vecinos.

En Sant Joan pasaban cosas que no pasaban ningún otro día del resto del año. Los niños y las niñas hacíamos batidas buscando maderas para quemarlas en la hoguera. La pandilla de mi calle éramos de los que más aportábamos, seguramente por gamberros y por imprudentes, porque cruzábamos las vías del tren para ir a buscar maderas a las fábricas abandonadas al otro lado de las vías. La hoguera del barrio ardía por la noche en el parque de la serpiente, el parque que estaba situado a 2 calles del nuestro, y que era el límite hasta el que nos atrevíamos a ir solos, a dónde nos escapábamos a veces desobedeciendo a nuestros padres y madres. Un parque que tenía un poco de enemigo y rival y otro poco de tierra prometida. En la verbena tenía mucho de las dos cosas. Rival porque la hoguera lo convertía en punto neurálgico del barrio, y nuestro parque más modesto y estrecho nunca era el elegido. Tierra prometida porque era donde depositábamos nuestro tesoro de maderas aquella noche. Aún hoy se mantiene la tradición de ir a buscar la llama del Canigó para encender todas las hogueras de Catalunya. Una idea que me pone la piel de gallina. Todas las hogueras del país ardiendo con un mismo fuego. En mi ciudad, los representantes de cada hoguera se acercaban al Ayuntamiento a prender la llama que haría arder nuestra hoguera. La comitiva regresa solemne y ceremoniosa con el preciado tesoro. Uno de los momentos más emocionantes y sorprendentes de mi infancia fue descubrir que era mi padre quién traía la llama para prender nuestra hoguera. El orgullo de una niña al ver a su padre encender la hoguera del barrio.

Otro gran momento insólito y extraordinario que nos traía la verbena de Sant Joan era ver a todos los vecinos bajar con sillas, mesas, platos y vasos a comer todos juntos a la calle. La calle donde las niñas jugábamos a la comba y las madres se sentaban a hablar en los bancos, aparecía como por arte de magia decorada con farolillos de colores.  Saltaba de excitación al ver la larga mesa que recorría mi calle peatonal donde todos compartíamos mesa y platos con los vecinos de otros portales. Compartiendo recetas, vino, cava, patatas, tortillas y pan con tomate. Brindando, riendo y cantando. Y no podía faltar la música. Se bajaban tocadiscos, se lanzaban cables desde el entresuelo y se colgaban altavoces en los árboles. Y los vecinos de toda la vida se me antojaban desconocidos que bailaban. Yo también bailaba y soñaba, y me asustaba de los petardos. Los niños llevaban bolsas gigantes de petardos y yo apenas encendía una bengala.

Luego el tiempo pasó y las mesas fueron desapareciendo de la calle. Mi madre dice que han regresado a la calle los últimos años. Entonces pasamos a cenar en casa de los vecinos que vivían en pisos altos  y tenían grandes terrazas. Y más tarde, ya cambiamos las terrazas de los vecinos por la terraza de la familia en Segur de Calafell y los fuegos artificiales sobre el mar.

La magia fue mudando de emoción a medida que llegué a la adolescencia y en Sant Joan ardían otros deseos. Las verbenas en Segur de Calafell en casa de las amigas, pero ya vistiéndonos para salir de noche, para quemar papeles de deseos a medianoche, esperando conocer a alguien especial, estrenado las vacaciones del instituto y la universidad pero también nuestras mejores galas de verano.

Ya de adulta he celebrado la verbena de Sant Joan en una playa cerca del Llobregat bañándonos a media noche en el mar, en el inmenso patio de la casa de Eva en Horta, en mi cocina pasando calor con las ventanas abiertas de par en par, en casa de nuevos amigos e incluso una noche me quedé sin salir y me fui a dormir pronto perdiendo así a la que entonces era mi mejor amiga. Y últimamente  y en la terraza de familia adoptiva con vistas de toda Barcelona y dando una fiesta sorpresa a quién llegaba de Australia.

Y sin duda, no hay verbena de Sant Joan más memorable que la que se casó mi hermana donde el fuego selló el compromiso y conjuró los mejores deseos para el futuro.


Sea donde sea, la verbena de Sant Joan sigue siendo una noche especial y extraordinaria. Lo mejor de haber perdido intensidad, es que también ha perdido intensidad mi miedo a los petardos para quedar en una ligera modestia. 

dissabte, 11 de febrer de 2017

El río de mi infancia

“Todos tenemos  un río en el que refugiarnos. Pensad en cuál es vuestro río y concentrarnos en esas emociones”, nos decía la profesora de yoga en los momentos de relajación con los que siempre se cierran las clases.

“¿Yo tengo un río? ¿Cuál es mi río?” me preguntaba yo perdiendo el valioso tiempo de concentración repasando impaciente todas las imágenes de arroyos, riachuelos y ríos grandes de las carpetas de archivos mentales.  ¿Quizás el Delta del Ebro? ¿ O el Hudson cruzando el Puente de Brooklyn? No, mejor el Sena desde el Pont dels Arts como Oliveira buscando a la Maga en Rayuela. Ya está, ya lo tengo,  el puente Gálata atravesando el Cuerno de Oro con todos sus pescadores y el perfil de las mezquitas recortado en el horizonte.  Entonces me di cuenta que esas imágenes no debían llevar la etiqueta de ríos sino la de puentes. No sirven para el ejercicio. “Os sumergís en esas aguas, estás a solas, sentís la paz y la tranquilidad”, continuaba la profesora y yo seguía con el análisis mental mientras el resto ya estaban en profunda relajación. No sirven porque no puedo bañarme en el Sena o en el Bósforo.

De pronto, sentí el agua mojándome las rodillas y saltó a primera línea una imagen antigua y perdida en el fondo oscuro de los recuerdos, sepultada por el polvo y con las bombillas de 125 fundidas que ya no se pueden reponer.

Y reconocí el río de mi infancia. Ni siquiera alcanza la categoría de río. Es un riachuelo. Tampoco tiene nombre propio, o al menos yo no lo recuerdo. En mi entorno todo el mundo se refería a él por su nombre común. “Vamos a pasar el día al río”. Es verano, es agosto en el pueblo de mi padre en Almería. No sé cuántos años tengo, tal vez 6. No sé si mi hermana ya había nacido, o aún era hija única. Pero tengo recuerdo de ser consciente, a esa edad, de que era uno de los días más felices de mi vida. Incluso creo habérselo dicho a mi madre al volver a casa.

En el borde del río en un espacio demasiado pequeño hay algunas mesas y sillas colocadas de forma dispersa, aprovechando los espacios más planos del terreno. No recuerdo si había ensalada, pero seguro que era así porque estaba mi tía. Y fritada de conejo que nunca faltaba. Lo que sí que puedo ver es una paella haciéndose en un rincón sobre unas piedras. Me pregunto cómo la cocinaban. ¿Encendieron un fuego en el campo? Entonces no había demasiada conciencia del peligro de incendios. Tampoco de otros peligros. Seguro que ninguno de nosotros se puso crema solar. Recuerdo mirarme las mejillas enrojecidas en el espejo al volver a casa  y alégrame de lo bonita que me hacían en contraste con un vestido blanco de lunaritos de colores que llevaba.

Veo también las botellas de cerveza y refresco, e incluso una sandía, dentro del  agua, ancladas con piedras en un recodo del río. Las miraba curiosa porque no entendía qué hacían allí y me hipnotizaban los saltitos y vueltas de la sandía por efecto de la corriente. No estaba todo el tiempo mirando embobada el agua, debía jugar con mis primos imagino, y de vez en cuando corría haciendo aspavientos porque había avispas. En el pueblo siempre había avispas. Una vez le picó una a mi padre mientras hablaba conmigo por el móvil. Eso fue muchos años después, cuando yo ya era demasiado mayor para querer ir al pueblo y prefería quedarme en Barcelona.

Estamos toda la familia. Cuando todos nos llevábamos bien y las diferencias, los malos entendidos, el orgullo y el egoísmo no nos había separado aún. Cuando todos estaban vivos. Hoy faltan tantas personas de esa imagen. Creo que la mitad están muertos. Mis abuelos, todos mis tíos, mi padre. Menos mi madre, ya sólo quedamos los de mi generación. Y aún no tengo 40 años.  Ellas llevaban camisas estampadas y pantalones cortos. Me sorprende ver a mi madre con pantalón corto pero me doy cuenta que aunque a mí me pareciese entonces mayor ella debía tener entonces unos 30 años, mucho más joven que yo.

Después de comer mientras los abuelos y los hombres hacen las siesta, el resto remontamos el río, andando dentro del agua, mojándonos sólo hasta las rodillas no fuera a ser que tuviéramos un corte de digestión. El sol de las 4 llega matizado a través de los árboles. El suelo es irregular y cuesta caminar, pero llevamos aquellas sandalias azules de plástico tan horribles pero prácticas para ese momento. Mis tías, que son tan alegres y dicharacheras con sus cabellos rubios y rojos, los labios y ojos pintados en el campo , cantan. Tengo recuerdo de mi tía Julia cantando tiempo después caminando por el curso de un río seco no muy lejos de allí. “Cartita que va a la luna …” “Cuando se acuesta Lorenzo, se levanta la Julita”, la voz cantarina de mi tía forma parte de la banda sonora de esos momentos felices en medio del tedio de los veranos en el pueblo.

Soy una niña demasiado quejica. Me dan miedo los pececillos que rozan los tobillos, me molestan los guijarros que se clavan en la planta de los pies, voy en estado de alerta por si aparecen más avispas. Tal vez mi prima Mari me coja de la mano. Tal vez mi primo Christian intente empujarme para tirarme al agua. Pero igualmente yo sabía quera era feliz.
Y sin embargo con las piernas en el río, y en medio de la relajante clase de yoga siento ganas de llorar y se me humedecen los ojos.


La profesora de yoga apaga la música, enciende la luz y me quema la vista. Después voy a nadar a la piscina, que son otros ríos de mi presente. 

diumenge, 25 de desembre de 2016

Coses que m'han emocionat aquest 2016

Vaig a inspirar-me en el Xavier Bosch que escrivia fa uns dies al diari Ara un article que es titulava "Digues que t'emociona i et diré com ets" per intentar fer un recull d'aquelles coses que més m'han emocionat durant aquest any que s'acaba.

Aquest 2016 m'ha emocionat la panxeta d'embarassada de la meva germana durant el dinar de Nadal que significa que seré tieta per primera vegada, les sirenes sonant a Hiroshima a les 8.15 del matí el passat 6 d'agost amb tota la ciutat en absolut silenci, un article de Carles Capdevila dedicat a la seva cosina que acabava de morir, el pregó de les festes de la Mercè de Barcelona d'en Pérez Andújar, la cantant Nina de Juan cantant amb la veu trencada "De haberlo sabido" en un concert de Quique González al Palau de la Música, la meva parella enviant-me un audio per whasapp cantant la mateixa cançó una setmana més tard. M'ha emocionat un article de l'Eva Piquer sobre la tristessa que m'ha fet recordar el meu pare que enguany ha fet 10 anys que es va morir, la lectura adictiva de "Primavera, estiu, ectètera" de la Marta Rojals, el cinema en silenci quan va acabar la projecció del documental "Astral"  del programa Salvados amb l'impacte de la imatge final de les persones acabades de rescatar al Mediterrani després de mesos i anys de patiment per arribar fins allà i pujant a un vaixell que representava Europa on eren escorcollats, l'escena del darrer concert que van fer els Beatles en el terrat de l'estudi Apple Corps a Londres que tanca el documental Eight Days a Week, la inauguració dels dos centres socioeducatius de Poble-sec i Poblenou als que he pogut contribuir amb la meva feina, notar com la carn de Hida es desfeia a la boca en un restaurant de Takayama, les escenes de Federico Garcia Loca en el capítol dedicat a la Residencia de Estudiantes de la serie "El Ministerio del Tiempo", l'Ainhoa corrents i cridant per abraçar-me quan em veu pel carrer, el pare del Pedro Àlvarez que 24 anys després continua lluitant per fer justícia per l'assassinat del seu fill.

Aquest any també m'ha emocionat trepitjar la neu després de molts anys amb la Marian i la Cristina, conèixer la història de l'esquela que el marit de d'Elena Lupiañez publica cada any per explicar-li com va la vida sense ella, fer la meva primera cursa de 10 km, veure com la meva mare es mobilitzava per buscar suport de la comunitat per defensar una veïna xinesa a qui estan assetjant, veure com instal.laven per fi els bancs al carrer de ma mare després de molts mesos de lluita, la mort de la Laura Martínez de RAC 1, el sol desapareixent mentre puja la marea sota el tori gegant a l'illa de Miyajima, els nens de 5 anys que es van fugar d'un cole de Barcelona agafats de la mà, la publicació del primer llibre de la Sandra Ferrer, celebrar l'aniversari de l'Anna a casa d'uns desconeguts, l'arribada del Víctor i l'Adam, el primer dia al Congres dels Diputats de moltes noves formacions polítiques, el jurament de la senadora Virginia Felipe jurant que no tornarà a fer un jurament en una sala amb barreres.

Aquestes són algunes de les coses que m'han emocionat, algunes són tristes, d'altres alegres, algunes són petits detalls, altres moments històrics. Les coses que t'emocionen no es poden triar, arriben de cop, t'assalten per l'esquena i se't fiquen als ulls com una mica de pols que un vent sobtat ha aixecat. 



diumenge, 18 de setembre de 2016

El periodismo necesario e invisible

Acabo de finalizar la lectura del libro “Océano África” del  periodista Xavier Aldekoa. Es un libro que compré con mucho entusiasmo y que me ha estado reclamando desde la mesita del salón durante todo el año, pero hay lecturas que sólo puedes abordar con la calma y el tiempo que permiten las vacaciones y el ritmo estival. No quería leerlo deprisa y corriendo, a trompicones, a ratos muertos y a punto de rendirme al sueño. Y justamente al cerrar la última página me he lamentado, con cierta culpabilidad, de todo el compromiso, honestidad, trabajo, esfuerzo, riesgo para la propia vida que periodistas como Aldekoa, y otros tantos, entregan a la profesión para escribir reportajes que a menudo los lectores, incluso los mismos periodistas, leemos en las páginas de un diario por encima, en diagonal, como si fuera fastfood.  Los consumimos y luego los olvidamos, sin ser conscientes de todo lo que hay detrás. “Oceáno África” nos enseña precisamente todo eso que hay detrás. El esfuerzo por mantenerse honesto y no caer en las facilidades que supondrían los sobornos, la lucha por conseguir papeles y que no te requisen cámaras y grabadoras, el corazón roto ante niños que venden su alma, y la de sus familiares, al diablo por unos dólares para comer, y el jugarse la vida tantas veces por mostrar al mundo lo que está sucediendo, y nadie cuenta, y al mismo mundo, una vez que se lo has explicado…  parece que tampoco importa.  Se te rompe el alma cuando la gente que no tiene nada le suplica al periodista que cuente lo que está pasando, que dé voz a los que no la tienen. Y el periodista lo hace. Y una vez se juega la vida por ese compromiso y el de su profesión. Me invade el desánimo pero no dejo de preguntarme si vale la pena porque una vez contado no sucede nada, nada cambia, nadie se revuelve en su sofá, nadie mueve un dedo en su despacho.

Para contar lo que está pasando en África el periodista cruza el desierto del Kalahari sabiendo que si le pasara algo no encontraría a nadie en cientos de quilómetros que pudiera ayudarlo. En alguna ocasión le apuntará un arma mientras secuestran su coche. Hará quilómetros durante días en furgonetas atestadas sin apenas seguridad por carreteras que son una ruleta rusa.  Y nos contará esas cosas terribles que está sucediendo y de las que nadie se hace eco. Que a los bosquimanos, el pueblo más antiguo de la Tierra, el gobierno de Botswana los viene a buscar a sus casas y los expulsa de sus tierras, donde viven desde hace nada más y nada menos que 200 siglos, para entregar el subsuelo rico en diamantes a algunas empresas. Que a los pigmeos, los pobladores más antiguos de la selva de África central, también los expulsan de las tierras donde han vivido desde hace siglos para que otras empresas, o tal vez las mismas, puedan deforestar la selva. Y los pigmeos, en su ingenua inocencia, se quedan a cargo de sus compatriotas cameruneses que los explotan como esclavos. Nos cuenta que el paraíso en la tierra existe y se encuentra en el corazón de Nigeria, un vergel exuberante en unos lagos de agua cristalina… que están cubiertos por un lodo pestilente y mortífero de gasolina. Compañías como Shell explotaron la zona, hasta que las instalaciones quedaron viejas y obsoletas y las abandonaron dejando que el petróleo se derramara sin control y desbastara la zona.

¿Cómo hemos podido leer todas esas historias y no hemos hecho nada? Hay tantas y tantas historias que deberían haberlos rebelado.

Una vez leído, he colocado el libro en la estantería (aunque le he dicho a todo el mundo que se lo presto para que lo lean y espero que no esté mucho tiempo en la estanteria). Lo he puesto al lado de Ébano de Kapuscinski que es donde le corresponde estar y donde es posible que al autor le gustaría, modestamente, que lo colocaran. Es evidente que sus páginas beben de Ébano. No en vano, un fragmento del libro es lo primero que encontramos al empezar la lectura. Incluso he reconocido pasajes similares como el que explica que los transportes en África no tienen horario se salida, salen cuando se llenan de gente. Al igual que Ébano, se trata de capítulos que recogen historias personales del periodista en diferentes países.


Cada capítulo es un pequeño relato escrito con habilidad narrativa que nos atrapa desde las primeras líneas y que, a menudo, acaba asestándonos un puñetazo en el estómago. El autor sabe combinar de manera brillante el hilo narrativo, con la descripción y valoración personal y la información sobre la historia y la realidad social, económica y política del país en cuestión. Y en la dureza de los relatos también hay espacio para la ternura y el sentido del humor en medio de la tragedia. También nos recuerdo al principio que no todo es drama en África, también optimismo, lucha, energía, entusiasmo, ilusión. Tal vez deba quedarme con ese mensaje y no con la desesperanza de la pasividad del mundo. Ojalá mucha gente lea el libro de Xavier Aldekoa, especialmente en las facultades de periodismo, y ojalá mucha gente lo lea a él en los medios de comunicación y empiece a indignarse para cambiar las cosas. Aldekoa demuestra que Kapuscinski tenía razón y no es oficio para cínicos.

diumenge, 4 de setembre de 2016

Las mejores puestas de sol de mi vida

El título no deja lugar a dudas: se trata de una lista personal basada en mis experiencias. Pero son los lugares que rápidamente me vienen a la cabeza cuando pienso en las mejores puestas de sol que he tenido el privilegio de contemplar. En algunas ocasiones, he tenido la oportunidad de verlas varias veces. Y siempre que estoy en esa ciudad, y puedo, repito ese espectáculo. Estambul, Nueva York y Madrid serían algunos de esos caso. De hecho, las puestas de sol aparecen en orden de preferencia.

1.Uskudar (Estambul)
Sin lugar a dudas, una estampa que ocupa una posición destacada en el ránquing de recuerdos de mi retina es la puesta de sol de Estambul que se puede ver desde Uskudar. De hecho, es uno de mis lugares favoritos del mundo, sobre el que no es la primera vez que escribo. Cada vez que he ido a Estambul, y no son pocas, he considerado como una cita imprescindible cruzar el Bósforo de Europa a Asia para poder contemplar desde los cojines y tomando un té el cielo tiñéndose de rojo sangre rasgándose por el perfil afilado de las mezquitas. Y eso que esa puesta de sol tiene una dura competencia porque hay atardeceres inolvidables desde muchos otros puntos de la antigua  Constantinopla. 


La silueta de la ciudad, los barcos cruzando el estrecho, el grana y dorado del ocaso bizantino favorecen recorrer la ciudad descubriendo miradores privilegiados. La puesta de sol desde el café de Pierre Lotti, desde la terraza de un palacio de Topkapi, desde lo alto de la torre Gálata o de la colina coronada por la mezquita de Solimán el Magnífico, en barco cruzando el Bósforo, sentada en las escaleras de una puerta del palacio del dolmabahçe, en el puente Gálata donde el sol se recorta sobre las cañas de los pescadores o desde cualquiera de las orillas que permitan panorámicas sobre el puente. Ojalá la democracia regrese pronto a Turquía. Vivir sintiendo siempre añoranza de Estambul

2.  Oía (Santorini)
Las puestas de sol en Oía ya no son ningún secreto. Allí acuden hordas de turistas (yo entre ellos) y una de las principales misiones es lograr la mejor ubicación para aguantar el rato de espera y tener las mejores vistas.

 Los que están dispuestos a desembolsar el dinero y pagar los excesivos precios turísticos de las terrazas tienen el problema resuelto. Para los demás, queden los muros, barandillas, escaleras, incluso techos de casas. Una masa de gente se despliega por las faldas del acantilado. Incluso los perros y los gatos toman posiciones para asistir al espectáculo. Sin duda, la masificación, el riesgo de que caer de un tejado y la espera valen la pena. El sol desaparece sobre el mar mediterraneo del azul más intenso que he visto, arrancando destellos naranjas a las casas blancas encaladas, regalando reflejos dorados a las olas. Luego todo queda en calma, en silencio y a oscuras. Dura apenas unos instantes, antes que la jauría de turistas salgamos en estampida para no perder el último autobús devuelta a la capital. 

3.  Miyajima (Japón)
La mayoría de turistas visitan la isla de Miyajima, enfrente de Hiroshima, en un día. Llegan en ferri por la mañana para ver el santuario, algunos templos y hacerse fotos en el famoso torii, una de las imágenes icónicas de Japón, y por la tarde regresan a la ciudad. La falta de alojamiento en la isla, y los precios de pocos hoteles y ryokanes que tienen habitaciones, también lo facilita. Pero cuando se van todos los turistas de un día y nos quedamos sólo los pocos afortunados que hemos logrado una habitación para dormir (y que podemos pagarla) llega el momento más especial de la visita. Todos los que estamos en la isla nos dirigimos al mismo punto: la pequeña bahía presidida por el monasterio de  Itsukushima cuya puerta es el torii gigante en medio del mar. La marea cambiante hará que cada uno tenga diferentes instantáneas de este momento. En nuestro caso, llegamos por la mañana con la marea alta con el mar aislando completamente al torii y la vimos ir retrocediendo y descubriéndonos el camino hasta poder llegar hasta la puerta roja al caer el sol. El torii posa coqueto en todas la fotos con el sol deslizándose por su cuerpo encarnado, el mar en calma se asoma entre sus brazos y sus piernas gigantes, algunos ciervos se adentran en el agua (y espero que supieran encontrar el camino de regreso antes de subir la marea). 


Somos unas 20 personas, todos buscando el mejor encuadre, saltando el agua que empieza a avanzar de vuelta a la isla. El torii se refleja en un pequeño rio que se forma bajo sus piernas mientras el mar va entrando. Algunos permanecen en la tierra hasta el final, retando valientes al avance del mar, jugando a quedarse rodeados de agua y tener que saltar en el último momento. Otros retrocedemos y preferimos observar esos últimos instantes desde uno de los bancos de piedra del paseo, mientras se encienden los farolillos y se nos acercan algunos ciervos.  Al desaparecer el último rayo de sol todo es oscuridad absoluta, sólo los farolillos nos enseñan el camino. El pueblo permanece en silencio y a oscuras. No quedan abiertos ni una tienda, tan sólo un sencillo bar familiar en el paseo con 6 y 7 mesas que acabará dándonos de cenar de prisa y corriendo a todos los regazados que no tenemos la cena incluida en el alojamiento y que a las 20.30 cerrará la cocina para que la familia pueda coger el último ferri de vuelta a casa.


4.Puente de Brooklyn (New York)
Podría decir que la vista es desde un banco en Manhattan como el cartel de la película de Woody Allen, pero tengo que decir que aunque busqué ese encuadre no lo encontré. Mi puesta de sol sobre el puente de Brooklyn es desde el otro lado. Tumbada en el césped en la orilla de Brooklyn, casi debajo del puente. Hablando, riendo, haciendo un pícnic con amigos de un viaje con los que nunca más coincidimos, escuchando gente que toca música, sin ninguna prisa y ninguna preocupación más que la humedad y el calor del verano. 






5. La fortaleza de San Carlos de la Cabaña (La Habana)
La ciudad parece una maqueta a punto de ser destruida por el rayo luminoso de una nave extraterrestre. Esa es la imagen que recuerdo de la Habana vista desde la fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Está situado en la entrada de la Bahía de La Habana y permite una panorámica de toda la ciudad. Sus cañones parecen querer destruir la ciudad que se cae a trozos por sí misma. Es sorprendente porque de lejos la Habana es una ciudad blanca, impoluta, por estrenar. El capitolio preside el entramado de casas y palacetes, comienza sus pasos. Desde allí no nos llegan ni los cantos, ni las voces, ni el ruido del tráfico. El cielo adquiere tonos rosados y lame primero las fachadas blancas de la ciudad para luego arrastrar su manto por el mar hasta desaparecer en el horizonte. Recuerdo compartir este momento con una pareja de Madrid, buena gente con la que compartimos luego risas, aventuras en la selva y algunos desplantes de la nuestra guía cubana. Aquí sí que la ciudad queda sumida en la más absoluta oscuridad. No hay farolas ni iluminación en sus calles, sólo puedes guiarte por las luces de los bares o los faros de los coches.

6.   Templo de Debod (Madrid) 
Me llevó una amiga hace muchos años, la primera vez que visité Madrid. Desde entonces, siempre que he vuelto a pasar unos días en la ciudad, he intentado asistir al espectáculo de su puesta de sol y lo he compartido con otras personas que no lo conocían. Y es que aunque la primera vez me pareció precioso el atardecer con las piedras milenarias reflejándose en las aguas jóvenes del estanque de la joven Madrid, luego descubrí que mi rincón preferido es el mirador que hay detrás desde el que se divisa gran parte de la ciudad. Recuerdo una preciosa tarde de agosto en compañía de mi madre viendo ponerse el sol detrás del Palacio Real y sobre los jardines de Sabatini mientras la voz quebrada de Mayte Martín ensañaba el concierto que tenía en los jardines unas horas más tarde. Sorprende la vista de un Madrid casi de pueblo, de edificios bajos, de buhardillas y techados de tejas marrones que el sol convierte en cobrizas y luminosas.