dissabte, 9 de juny de 2018

Cañón Maligne, Lago Maligne y Medicine Lake


El Cagnon Maligne es el cañón más profundo de Canadá (60m) que muestra las espectaculares formas que esculpe el agua en la roca. Debe su nombre al duro periplo que le suposo al religioso francés que decidió remontarlo a lomos de su caballo.

Un poco más adelante se encuentra el Medicine Lake. Los nativos lo llamaron así porque en invierno el agua del lago desaparece, al drenarse a través de una serie de canales subterráneos que desembocan en el río Maligne, uno de los sistemas subterráneos  más largos e inaccesibles del mundo. Cuando llegamos el humo procedente de los incendios le daba un aspecto tenebroso y triste.



Aunque el Maligne Lake era bien conocido por las Primeras Naciones del área, no fue oficialmente descubierto hasta que llegó la topógrafa Mary Shaffer en 1908 en compañía de su compañera Mary Adams y dos guías. Como guía sólo tenía un mapa que había dibujado de memoria un indio abisinio que había visto el lago una única vez en su vida hacía 16 años cuando era adolescente.  Hoy algunos puntos de lago y las montañas cercanas llevan el nombre de aquel joven abisinio.

Se pueden hacer varias rutas caminando alrededor del lago, aunque hay que tener cuidado con la presencia de alces y no mirarlos directamente.

También es muy popular tomar un barco para llegar hasta la Spirit Island, que cuenta la leyenda que era donde se encontraban en secreto dos jóvenes amantes de tribus rivales. Cuando la joven fue descubierta, le prohibieron regresar a la isla. Pero su amante siguió volviendo toda su vida con la esperanza de encontrarla. Ella nunca volvió y él murió en la isla donde aún reside su espíritu.

Según algunas versiones de la mitología de las Primeras Naciones, la isla Spirit debe su nombre a dos jóvenes amantes de tribus enemistadas que se reunían en secreto en la isla. Sin embargo, cuando la joven finalmente confesó su romance prohibido a su padre, uno de los jefes de la tribu, le prohibió regresar jamás a la isla. Con el corazón roto, su amante continuó volviendo a la Isla Spirit durante toda su vida, con la esperanza de ver a su bella amante de nuevo. Pero ella nunca volvió y él, finalmente, murió en la isla, donde su espíritu aún reside.

No se puede acceder a la isla pero el entorno mágico aún tenía más misterio con la neblina de los incendios cercanos. El guía del barco nos explicó que los incendios en muchos casos son provocados porque Canadá tiene tantos km de bosques infranqueables con árboles centenarios que están muriendo y cayendo impidiendo regenerar la naturaleza. El terreno de bosques es tan inabarcable


que la única manera de eliminar los árboles muertos o enfermos es provocar incendios controlados. De hecho, es muy habitual ver troncos caídos y escuchar el crujido de los árboles enfermos que se quejan de los achaques de la edad.

diumenge, 20 de maig de 2018

Dia 3 en Canadá Whistler - Clearwater


Sin duda, el día más largo y duro de viaje. Unos 450 km que se convirtieron en una jornada entera de coche debido a que se trataba de carreteras de montañas. La caravana se esforzaba mientras iba engullendo gasolina en subir y bajar montañas, carreteras estrechas llenas de curvas pasando por un paisaje solitario y desolado. Además, nos vimos envueltos en uno de los terribles incendios que azotaban Canadá ese verano. Tuvimos que esperar casi una hora hasta que despejaron la carretera y cruzar a toda velocidad siguiendo los coches de los guardas forestales. Veíamos llamas a los lejos y el humo dificultaba la visibilidad y lo llenaba todo de olor a quemado y niebla. Fue un día denso, triste y pesado. El último tramo hasta Clearwater ya de noche tuvimos lluvia torrencial. El tráfico era denso de camiones que nos adelantaban a toda velocidad. En medio de la lluvia y la noche se nos cruzó un ciervo, que generó cierto momento de pánico. Pasamos la noche en un camping con una imagen idílica frente al lago que da nombre a la ciudad de Clearwater.




diumenge, 13 de maig de 2018

Día 2: Standley Park y Whistler

El segundo día en Vancouver lo dedicamos a visitar el Stanley Park, el parque urbano más grande de Canadá y uno de los más grandes de Norteamerica. Está constituido por un bosque de coníferas con cerca de medio millón de árboles y tiene más de 200 km de caminos y senderos, y dos lagos. El parque empezaba muy cerca del apartamento y al lado de la playa. Sinceramente, uno de las cosas de Vancouver que más envidia me genera. 
Justo coincidimos con una cursa y hay decenas de personas corriendo al borde del mar y otros practicando otros deportes como boxeo o yoga.




Conociendo al monstruo: la autocaravana

 
Al mediodía vamos en tren hasta las oficinas de la autocaravana donde nos hacen esperar una eternidad hasta que nos dan la nuestra que nos resulta enorme y grandiosa, imposible de manejar. La chica de la oficina nos da millones  de instrucciones en inglés y francés sobre cómo funciona, tantos datos que nos es difícil retener. Casi salimos de allí temblando. El viaje por autovías aún resulta fácil pero cuando entramos en Vancouver todo se complica. Hay que mantener una distancia de seguridad enorme porque la caravana tarda mucho en frenar y en ciudad es muy difícil mantener esta distancia. Además tenemos muy poca visibilidad y no controlamos aún los laterales. Al recoger las maletas casi golpeamos a una adolescente que estaba muy adelantada en un semáforo.

Todo se mueve demasiado. Dentro de la caravana cada bache nos hace saltar y suenan platos y vasos como si fuera a hacerse todo añicos. El paseo panorámico por la carretera Sea-to-Sky que nos lleva de Vancouver a Whistler casi nos pasa inadvertido pendiente de la caravana.

Paramos en un supermercado para comprar comida donde nos sorprenden los envases gigantes de comida y nos planteamos dormir allí. Seguimos hasta Whistler pero no sabemos cómo funciona pasar la noche en la caravana, así que aparcamos en un párking donde hay más caravanas y pasamos allí la noche. Después descubrimos que los chicos habían visto un cartel donde decía que estaba prohibido pasar la noche aparcados en el párquing. 

diumenge, 18 de febrer de 2018

Viaje a Canadá. Día 1: Vancouver

El trayecto
El largo viaje de Barcelona a Vancouver fue bastante pesado. Habíamos llegado al aeropuerto de El Prat con bastante antelación porque estábamos en la semana caótica de las huelga del control de seguridad de El Prat. Al final pasamos sin problemas y tuvimos mucho tiempo muerto en el aeropuerto. Lo más duro fue el transfer en Montreal donde tuvimos que volver a recoger y facturar la maleta que tardó 45 minutos en salir por la cinta. Después de esa espera nos encontramos con una larguísima cola para el control de seguridad, nada que envidiar a las imágenes de esos días en Barcelona, y eso sin estar de huelga. Aunque teníamos unas 3 horas para hacer el transfer con tantas gestiones parecía que íbamos a perder el avión. Conseguimos saltarnos la cola de seguridad suplicando y al final el vuelo salió con retraso, así que los nervios fueron en vano. En el avión había reservado la plaza al lado de la salida de emergencia para ir más cómodos pero no sabía que entraría un frío polar por la pared. Eso sí, una vez llegados a Vancouver todo fue sencillo. El metro y el autobús rápidos y puntuales. Y llegamos al apartamento 24horas después de habernos levantado.  

Paseo por el Waterfront y distrito financiero

 
El primer día de estancia en Vancouver decidimos reproducir los estereotipos de género. Los chicos se fueron a cazar ballenas, orcas, focas y leones marinos (con su cámara de fotos) y las chicas nos fuimos a pasear y recorrer la ciudad en una visita guiada.
El paseo por el Waterfront es una delicia. Altísimos edificios de cristal justo al borde del puerto repleto de barcos, los hidroaviones que despegan y aterrizan constantemente pero donde reina un silencio increíble y la gente pasea, corre, va en bicicleta o hace yoga en los grandes espacios verdes. Ese primer contacto con Vancouver ya nos muestra que es una ciudad de contrastes.

Al final del paseo por el frente marítimo llegamos al Canada Place que es uno de los lugares emblemáticos de la ciudad se nos antoja un lugar bastante extraño que recorremos desconcertadas sin encontrar ningún encanto. Ciertamente lo más interesante era un encuentro de yoga que se celebraba allí mismo.

Vancouver recuerda mucho a Manhattan con sus rascacielos de cristal y sus generosas y abundantes zonas verdes. La llaman la ciudad de cristal por la cantidad de edificios de ese material que se construyen. Una pequeña Gran Manzana mucho más asequible porque es más pequeña. La zona financiera recuerda tanto a Wall Street con sus altos edificios donde queda sumergida la catedral que se nos antoja casi un decorado de cartón piedra por fuera, aunque por dentro es mucho más bonita y acogedora.

Visitamos el Edificio de la Marina decorado en Art Deco que recuerda mucho al Rockefeller Center. Incluso tienen parques interiores dentro de los rascacielos como en NYC para que la gente pueda disfrutar de zonas verdes en los fríos días de invierno.

Vancouver es una ciudad progresista, ecologista y moderna. La guía se queja de que tienen un alcalde hippie que está imponiendo zonas verdes, carriles bicis y parques a 5 minutos andando de cualquier punto.  Incluso tiene una ley que permite construir los altos edificios en la zona financiera con el compromiso que las empresas se han de hacer cargo del mantenimiento de los edificios históricos que quedan atrapados en la zona. No sé si los empresarios están muy de acuerdo con esta medida, pero al edificio de enfrente de la catedral de Vancouver le pusieron de nombre 666.

Otra medida que ha impuesto la ciudad de Vancouver a las empresas que construyen rascacielos es que puesto que sus construcciones están alterando el paisaje urbano con los altos impuestos que pagan se financian obras de arte en la zona. Así la cementera por ejemplo tiene sus silos pintados de forma mucho más atractiva que el marrón polvoriento tradicional.

Gastown, el casco histórico de Vancouver, y Greenville Island

Después de comer unas ensaladas de col Kale que encajan muy bien con el ambiente saludable y moderno de la ciudad recorrimos el centro histórico de Vancouver. Gastown es el barrio más antiguo de la ciudad que data del siglo XIX y del que sólo se conservan 3 o 4 calles adoquinadas con sus casas bajas de ladrillo y sus farolas engalanadas con flores. Recuerda bastante al centro de Dublín. El barrio toma su  nombre de Gassy Jack, el primero que puso un bar en aquella zona y podríamos decir que fundó el barrio. Una estatua de bronce recuerda su figura. En la esquina de enfrente hay un edificio que recuerda muchísimo al Flatiron de NYC, pero nuevamente de medida más reducida.
El principal atractivo es el Steam Clock, un reloj construido a semejanza del Big Ben de Londres que expulsa vapor y silba cada 15 minutos.  

Invertimos bastante tiempo en vano en encontrar un lugar para cambiar dinero y al final después de correr un poco llegamos en autobús puntuales a la siguiente visita guiada por el Greenville Island. Al saber que éramos de Barcelona, el guía nos explicó que había estado en el Michael Collins de Sagrada Familia y explicó al resto del grupo que en nuestra ciudad se había despertado una oleada de turismofobia que intentamos argumentarles sin mucho éxito.

La visita guiada de la tarde nos llevó a conocer Greenville Island, una isla que recordaba vagamente al barrio de Poblenou de Barcelona. Había sido una isla de pescadores, luego había tenido un uso industrial con muchas naves industriales, fábricas, talleres. Actualmente han revitalizado el barrio con tiendas de artesanos que nos pareció un poco un parque temático.

La ciudad de los contrastes

Allí nos encontramos con los chicos que habían regresado de su expedición habiendo cazado algunas orcas y leones marinos. Juntos nos aventuramos hasta Chinatown que resultó ser una zona bastante decepcionante donde lo más destacados eran la concentración tan elevada como no habíamos visto nunca de personas sin hogar y toxicómanos andando o sentados en las aceras en apenas 3 o 4 calles. Vancouver es una de las ciudades más caras del mundo y evidentemente eso provoca enormes desigualdades y polarización social de una parte de la población que no puede permitirse los desorbitados precios de su nivel de vida. Resulta chocante que con lo moderna, ecológica, progresista que parece luego haya apartado a un barrio a las personas que quedan desenganchadas del sistema.


Regresamos caminando por el Waterfront y esta vez el paseo fue igual de hermoso con la luz del atardecer cayendo sobre los barcos y los edificios de cristal. Decidimos cenar en uno de los muchos restaurantes de sushi cercanos al apartamento, puesto que habíamos leído que el pescado y el sushi en la ciudad eran de gran calidad. 

diumenge, 10 de desembre de 2017

"Si algún día regreso", la historia del hallazgo de las cartas de Louise Pikovsky

http://webdoc.france24.com/si-je-reviens-un-jour-louise-pikovsky/fb_tw.png
Habitualmente suelo escuchar reportajes de Radio France en los trayectos en transporte público. Principalmente los escucho por mantener mi nivel de francés con poco esfuerzo pero profesionalmente también es interesante recuperar ese género cada vez menos cultivado, y por cierto, muy meritorio pues tienes que conseguir que el oyente te siga sólo a través del oído. Y de vez en cuando te permite descubrir alguna historia que es una joya preciosa.

Es lo que me pasó este verano cuando conocí la fascinante historia de Louise Pikovsky y también del trabajo periodístico que hizo posible recuperarla.

La historia del hallazgo
Todo comenzó en 2010 cuando una profesora de matemáticas de un instituto público de París buscaba un armario para su aula y la mandaron a una zona del edificio donde almacenaban muebles antiguos. Allí encontró un paquete con un manojo de cartas, libros escolares, una fotografía de clase y una Biblia de la Segunda Guerra Mundial. Era un paquete dirigido a una antigua profesora de lengua del instituto, Miss Malingrey, y pertenecía a una antigua alumna, Louise Pikovsky, una estudiante judía de secundaria que entre 1942 y 1944 había mantenido correspondencia con su maestra. La última carta escrita con letra temblorosa era la que acompañaba al paquete y databa del 22 de enero de 1944, el día en que fue arrestada con su familia por los nazis. La carta comenzaba diciendo “Si je reviens un jour” (si algún día regreso) donde le confía a su profesora unos libros que no son suyos para que los devuelva y le pide que le guarde unas cartas que le gustaría recuperar cuando vuelva . Louise no regresó. Junto a sus padres y sus hermanos fue internada en Drancy y deportados a Auschwitz donde no sobrevivirían.

El documental lee las cartas donde se vislumbra que es una alumna madura y brillante. Louise le da las gracias en repetidas ocasiones a su profesora por hacerle llegar libros y material para estudiar así como comida. Las compañeras de Louise recuerdan como un día simplemente dejó de asistir a clase un día.

No son cartas sobre la guerra y la persecución de los judíos, sino más bien emotivas letras sobre las reflexiones y dudas de adolescente inquieta y madura. Sobre la felicidad, sobre el amor, sobre la falta de amigas en el colegio, sobre la religión, sobre el papel de la mujer, sobre la libertad. Como hiciera Anna Frank en las mismas fechas no muy lejos de allí. De todas formas, Louise no puede abstraerse  de la angustias de los acontecimientos de su vida. Su padre será unos de los 13.000 judíos detenidos en París durante el verano de 1942 que estuvieron hacinados en el Velódromo de Invierno, una de las historias más vergonzosas del papel de muchos ciudadanos franceses en la II Guerra Mundial. Louise explica cómo le hacen llegar paquetes con ropa a su padre.

Impactada por este hallazgo, la profesora intenta recuperar la memoria de esa alumna y el resto de estudiantes judías que murieron durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, no encuentra ningún apoyo en su aventura. Desmotivada, se da por vencida. Y unos años más tarde, cuando se jubila, le entrega ese tesoro a Khalida Hatchy, otra maestra del instituto especializada en documentación histórica. Consciente del valor de aquel legado, Hatchy se pone inmediatamente en contacto con una periodista que conoce,   Stephanie Trouillard, que trabaja realizando reportajes históricos.

La historia de la investigación periodística

Aquí empieza otro elemento interesante de la historia que va más allá de la figura de Louise Pikovsky. El reportaje muestra como si de una película de intriga se tratara la ardua investigación de las dos mujeres por reconstruir la vida de la antigua alumna y descubrir qué sucedió después de ser deportada. Durante un año de trabajo, la profesora y la periodista encuentran testigos, antiguas compañera de Louise, vecinos, familia que sobrevivió y ahora reside en Israel y recuerdan a Louise, incluso personas que compartieron el mismo tren con destino a Auschwitz.

Todo este trabajo de investigación lo recogen en un documental y en una web donde podemos leer las cartas de Louise, ver fotografíes, escuchar testimonios.  Un trabajo periodístico y de memoria histórica excelente y muy meritorio.




La historia del trabajo educativo

La tercera pieza de interés también tiene que ver con la memoria histórica pero además con la educación. No conforme con el brillante trabajo realizado, la profesora Khalida Hatchy decide continuar con la primera intención de la maestra jubilada que encontró las cartas: recuperar el nombre de todas las alumnas del instituto asesinadas en los campos de concentración. Han recuperado la figura de una estudiante, pero “ha habido más Louise en el instituto?”

Con esta idea, la profesora decide implicara los alumnos actuales del instituto en esta investigación. Así pues, crea grupos de trabajo con los estudiantes de secundaria que se convierten en detectives de la historia. Buscan en los archivos, contrastan información, se documentan, recuperan datos, et. Los alumnos realizan un estupendo aprendizaje de cómo buscar información y al mismo tiempo aprende sobre la historia reciente de su país de la forma más cercana: a través de las historias de estudiantes como ellos que ocuparon aquellas mismas aulas. El reportaje radiofónico aporta los testimonios de algunos alumnos profundamente impactados por conocer el sufrimiento y el cruel destino de otros estudiantes como ellos: toda una enseñanza de vida.

Al final entre la investigación periodística y la de los estudiantes se lograron recuperar el nombre de 5 alumnas: Louise, Lucie, Hélène, Anna y Berthe no quedaran en el olvido. Como deseaba la profesora descubridora del paquete, el objetivo es poner una placa conmemorativa en la entrada del instituto, un bonito gesto pero pienso que es mucho más valioso y duradero el impacto que tendrán esos nombres en la vida de los alumnos que los encontraron. 

Finalmente, una información también emotiva del reportaje es que nos explica que la profesora destinataria de las cartas de Louise, Miss Malingrey, nunca olvidó a su alumna. Además de intentar en vano descubrir qué había sucedido con ella, la profesora que murió con 98 años escribió unas emotivas palabras en recuerdo de Louise en unos materiales que realizaron a mediados de los 90 con motivo de un aniversario del colegio. También es reconfortante descubrir que pese a la mezquindad de muchos franceses en esa época que miraron para otro lado o incluso delataron a sus vecinos, otros ayudaron a sus conciudadanos judíos como pudieron: con apoyo moral y material, mandándoles libros y comida.


La historia de Louise, la del descubrimiento de sus cartas, la de la investigación periodística y la del trabajo de los alumnos en el instituto me pareció tan valiosa y emocionante que es una lástima que no haya traspasado la frontera  y yo lo haya descubierto casualmente manteniendo mi nivel de francés.

Recursos
- "Atelier de médias". Radio France. "Si je reviens un jour", reportaje radiofónico sobre la historia de Louise Pikovsky



diumenge, 19 de novembre de 2017

El regalo literario de “La Ridícula Idea de no volver a verte” de Rosa Montero

Empecé a leer “La Ridícula Idea de no volver a verte” de Rosa Montero al final del verano por curiosidad y por afinidad literaria con la autora, pero resultó ser uno de los descubrimientos del año que me ha aportado tantas reflexiones interesantes de la autora, y también me ha abierto la puerta a líneas de pensamiento propias que aún no había explorado. Esta pequeña joya ha pasado bastante inadvertida, pero invito a muchas mujeres y hombres sensibles de mi entorno a descubrirla. Se trata de un género híbrido a medio camino entre el análisis literario y el libro de memorias personal.

A partir de la lectura del breve diario que Marie Curie escribió tras la muerte de su marido en un accidente, Rosa Montero hace un repaso de la vida de la célebre científica aportando sus propias reflexiones sobre el papel de la mujer en aquel momento histórico, incluso en l’actualidad. Todo ello complementado con fragmentos de la propia vida de Rosa Montero, especialmente su reciente viudez que es lo que en un principio la lleva a leer este diario de Curie.

Lejos de ser un texto triste como podría parecer al pensar que es una mujer que acaba de perder a su pareja y escribe sobre el diario de otra mujer en la misma situación, La Ridícula Idea de no volver a verte es inspirador, revelador, e incluso contagia entusiasmo y energía al reseguir la pasión de Curie por su profesión.   En la delicadeza de su prosa encuentro muchos pensamientos que comprendo perfectamente y vivencias con los que me identifico y que quería compartir.

Sobre la muerte y el proceso de duelo
Evidentemente en este libro hay mucho espacio para reflexionar sobre la muerte y el duelo. Montero cita un estudio mundial con resultados sorprendentes que aseguran que estar separado o divorciado aumenta el riesgo de sufrir depresiones agudas en doce de los países estudiados, mientras que ser viudo o viuda tiene menos influencia en casi todas partes.  Montero se pregunta “¿qué les falta a los primeros? Desde luego no la persona amada, sino una narración convincente y redonda. Un relato consolador que les dé sentido”.

En este sentido, aporta algunas ideas que posiblemente están detrás de la génesis de este libro: “Nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria”. “Para vivir tenemos que narrarnos, somos un producto de nuestra imaginación”.

Dice Montero al principio del libro “Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos”. Y añade “somos relicarios de nuestra gente querida. Los llevamos dentro, somos su memoria”. Reflexiona la autora sobre como a medida que pasa el tiempo dejas de hablar de tus seres queridos muertos. Si bien es cierto que hablar continuamente de los muertos puede ser indicio de no estar realizado un saludable proceso de duelo, también es verdad que a veces sientes que al irlos silenciando poco a poco los estás traicionando. Los estás  negando como Pedro con Jesús.  Me refiero a cuando dejas de citar a alguien que ha sido fundamental en tu vida porque ha pasado el tiempo y al final casi nadie de tu entorno lo conoció y no tienes con quién compartir esos recuerdos. Pero sobre todo porque te das cuenta que cuando dices “cuando mi padre…“  te das cuenta que hay gente que nubla la vista como si fueras a ponerte a hablar de algo triste, cosa que los contraria. Nos repele la tristeza, nos molesta. Ya no citas a tus muertos, reservas esos momentos sólo con algunos de tus seres más queridos que no van a sentirse heridos ni molestos.

Montero habla también de las palabras que acompaña a la muerte de alguien  y que escapan a nuestras concepción: “ Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo”. Antes había concluido:  “Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la #Palabra”.  En la misma línea añade “es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud” y también “la recuperación no existe: no es posible volver a ser quien eras”

Autenticidad vs homogenización
Montero no se limita a hablar del dolor de haber perdido a su pareja después de una larga enfermedad, se remonta a momentos de su infancia como “Todo ese tiempo me costó empezar a sacar a la luz mi parte fantástica, a esa niña imaginativa que había mantenido prisionera bajo siete llaves en mi interior”. Visualizo perfectamente esa imagen en mi misma y recuerdo haber encerrado en el armario y amordazada a esa niña que fui, demasiado imaginativa y fantasiosa,  porque durante los años de la adolescencia y la primera juventud el sistema te fuerza a intentar pasar inadvertida y no ser demasiado excéntrica si quieres ser aceptada socialmente. Luego el trabajo es tuyo para encontrar la llave que escondiste en algún rincón que no recuerdas y poder liberar a la niña que encerraste. El sistema educativo de entonces tampoco favorecía que cada niño o niña desarrollara sus potencialidades, su propio camino sino que nos pintaba a todos con la misma capa de homogeneidad, donde la diferencia no estaba bien vista. Parece que la renovación pedagógica actual busca romper con esa amputación de las alas de los niños, espero que sea posible llevarla a cabo.  “Todas esas pequeñeces, en efecto, conforman a una persona. Son nuestra fórmula básica, el garabato único que cada uno dibuja en la existencia”.
En este sentido, comenta en otro momento del libro “con el tiempo he descubierto que la normalidad no existe, que no viene de la palabra normal, como sinónimo de lo más común, lo más abundante, lo más habitual, sino de normal, de regulación y de mandato. La normalidad es un marco convencional que homogeneiza a los humanos, como ovejas encerradas en un aprisco; pero si miras desde lo suficientemente cerca, todos somos distintos”.

Montero también habla de su historias de amor frustradas y dolorosas con una metáfora muy clarificadora: “Ya se sabe que sufrir de mal de amores es como marearse en un barco: a la gente tu estado le parece divertido, pero tú te sientes morir”.

Incluso se refiere a esos destinos de viajes que se han quedado en su corazón y que yo también tengo en el mío: Estambul, Islandia, las hermosas iglesias de madera de Noruega. Habla de Alaska también, pero ese más que en mi corazón lo tengo en mi frente como destino pendiente.

Sobre Marie Curie y la figura de la mujer
A parte de las reflexiones sobre su propia vida, el eje del libro es la existencia de Marie Curie desde su infancia en Polonia hasta su muerte por culpa de la radiación de sus descubrimientos.  Montero cita “el mayor descubrimiento de Pierre Curie fue Marie Sklodowska. El mayor descubrimento de ella fue … la radioactividad”.

Me ha encantado conocer esa fuerza de voluntad de Marie y de su hermana por acceder al estudio y al conocimiento. En aquella época las mujeres no iban a la universidad, y menos en Polonia ocupada por los rusos. Y menos en una familia de recursos modestos. Ellas habían oído que en algunos lugares como en Francia algunas mujeres habían osado estudiar en la universidad. Es asombrosa la madurez y firmeza que demuestran ella y su hermana mayor cuando en la adolescencia establecen un pacto de ayuda mutua. Marie trabajará para pagarle los estudios a su hermana en la Sorbona de París, y una vez esta finalice y se ponga a trabajar hará lo mismo con Marie. Así pues Marie pasa entonces los años fructíferos de la adolescencia, posiblemente los más fértiles para estudiar, trabajando de institutriz. Cuando su hermana mayor finaliza sus estudios y le escribe para cumplir con su parte del pacto, Marie se echa atrás. Cree que lleva demasiado tiempo lejos de los libros y que no está capacitada para semejante esfuerzo. Y además acaba de sufrir un desengaño amoroso. Afortunadamente cambia de opinión, porque sino la historia y la ciencia habrían perdido sus grandes aportaciones. Sin embargo, piensas, de cuántas mentes brillantes de mujeres como ella no nos habremos visto privados la Humanidad.

Montero explica el momento trascendental en el que Marie y Pierre se conocen y descubren casi inmediatamente que son el uno para el otro, situación que se me antoja casi un milagro. Que un hombre de su categoría científica tenga la suerte de que se enamore de él una mujer tan excepcional como Marie. Pero al revés es más improbable. Que una mujer que encajaba tan poco en los cánones femeninos del momento encontrara un hombre que la amara, deseara, respetara y estuviera dispuesto a trabajar a su lado aún es más increíble.

De todas formas, no nos engañemos, estamos hablando de finales del siglo XIX y no podemos hablar de plena igualdad. Montero explica como Pierre y Marie lo compartían todo, menos el trabajo doméstico.  Incluso descubres en los diarios de Marie detalles de esa inferioridad femenina que seguía vigente. Marie recuerda momentos pasados con Pierre en las reuniones sociales o científicas cuando ella tiene la sensación de que habla demasiado e intenta cederle el protagonismo a su marido “obedeciendo a esa sensación que he tenido de que lo que tú pudieras decir sería más interesante”.

La muerte de Pierre atropellado por un coche de caballos en París es un mazazo para Marie que adora a su marido. El diario que escribió los meses posteriores al fallecimiento y en el que se basa esta obra así lo muestran. Marie no tiene entonces ni 40 años. Y unos años después, conoce a otro hombre (desgraciadamente casado) y se vuelve a enamorar. Justo cuando le conceden el segundo premio Nobel, esta vez ya en solitario, la esposa despechada hace público en los medios de comunicación la noticia de la infidelidad. El escándalo en la sociedad de entonces es tal que el Comité del Premio Nobel le pide a Marie que no vaya a recoger el premio. Y ella responde con una lúdica y maravillosa carta llena de dignidad: “La acción que usted me recomienda me parece que sería un grave error por mi parte. En realidad el premio ha sido concedido por el descubrimiento del radio y el polonio. Creo que no hay ninguna conexión entre mi trabajo científico y los hechos de la vida privada. No puedo aceptar, por principios, la idea de que la apreciación del valor del trabajo científico pueda estar influida por el libelo y la calumnia acerca de mi vida privada. Estoy convencida de que mucha gente comparte esta misma opinión. Me entristece profundamente que no se cuente usted entre ellos”. Como diríamos hoy en día: menudo zasca! Hay que decir que entre las reputadas que apoyaron a Marie se encontraba el propio Einstein que le escribió una preciosa carta de apoyo.

Montero analiza el papel de la mujer y las dificultades que tuvo Marie para hacerse un hueco, y qué hueco!!, en la sociedad científica del momento. Aunque no ahorra algunas críticas a Marie Curie puesto que la define dentro de “las mujeres pelota a aquellas que, tras triunfar con grandes dificultades en la sociedad machista, se prestaban a ser utilizadas por esa misma sociedad para reforzar la discriminación”. Ciertamente este tipo de mujeres le hacen un flaco favor al resto cuando utilizan el discurso de “ves, yo lo he logrado, si una realmente vale puede conseguir llegar” poniendo así el peso de la responsabilidad en la falta de valía de la mujer y no en las dificultades del sistema.

Al final de este breve experimento literario tenemos el regalo de poder leer el texto íntegro del diario de Marie Curie en basa “La ridícula idea de no volver a verte” y al que Montero se remite tantas veces a lo largo del libro. En él descubrimos una mujer fogosa, apasionada pero también desgarrada y desesperada, muy alejada de la imagen fría y distante que de ella nos ha dejado la historia.

diumenge, 24 de setembre de 2017

El papel de la mujer en la Italia medieval a través de una interesante novela histórica

Conocemos la historia por las grandes gestas protagonizadas por hombres que eran los que escribían las crónicas y los libros. Pero en todos los tiempos, las mujeres también fueron tejiendo la historia, aunque de una manera más silenciosa, discreta y poco reconocida, y a menudo liderando gestas y batallas aún más heroicas. Algunas de esas proezas femeninas son las que nos descubre la novela “Amor divino, amor profano” de Sandra Ferrer, una valiosa obra para conocer el papel de la mujer en la Italia medieval, una época sobre la que existe poca narrativa de ficción.

Y lo hace a través de dos personajes aparentemente antagónicos pero con muchos elementos en común. La historia parte de dos amigas muy unidas en la infancia y la adolescencia pero con caracteres y vocaciones bastante opuestos. Mientras la pasión de una es la vida religiosa y contemplativa para la otra es ser feliz con la persona que ama. Dos metas muy distintas pero con un fuerte elemento en común: a ninguna de las dos les está permitido alcanzarlas. Así pues, las dos amigas luchan contra los convencionalismos y presiones familiares y sociales de aquella época, que no eran precisamente muy permisivos, para perseguir sus sueños y poder dirigir sus propias vidas, un afán tan legítimo pero tampoco corriente en aquella época, y mucho menos para las mujeres.

Y aquí radica justamente uno de los grandes aciertos de la autora, que mientras uno de los dos personajes es completamente ficticio, la otra protagonista de la novela está basada en un personaje real: Santa Clara de Asís.  Ferrer supera con creces la osadía de recrear la vida de Santa Clara de Asís, una mujer extraordinaria que protagonizó la historia en nombre propio pero que apenas se conoce. Seguidora de San Francisco de Asís que defendía la vida de oración, pobreza y trabajo, alejándose de los fatos y riquezas de la jerarquía de la Iglesia, una Clara adolescente huyó de su casa en Asís y abandonó a su familia noble y la vida acomodada para seguir a San Francisco y sus preceptos. Así, fundó la orden de la hermanas clarisas. Santa Clara de Asís fue además la primera y única mujer en escribir una regla de vida religiosa para las mujeres, alejada de las reglas tradicionales.

Sandra Ferrer recupera esta fascinante figura en su novela y lo hace con toda la solvencia de una importante trayectoria en el campo de las biografías históricas, especialmente en su lucha por recuperar y dar a conocer a figuras femeninas a través de su bloc Mujeres en la historia y diversos libros de ensayo como “Mujeres silenciadas en la edad media”, “Breve historia de la mujer” o “Breve historia de Isabel La Católica”. En su primera obra de ficción, Ferrer hace un muy meritorio el trabajo de investigación y documentación para darle verosimilitud y rigor a la recreación histórica, pero sin descuidar ni un ápice el ritmo narrativo, la caracterización de personales, la emoción del hilo argumental y de los dos personajes principales.  Con una prosa ágil y desprovista de artificio por la que te deslizas sin darte cuenta, Ferrer nos va desgranando la vida cotidiana de estas dos mujeres, sus sueños, pasiones, temores y luchas.

Sin duda una novela muy recomendable para los amantes de la historia y especialmente para los que quieran disfrutar descubriendo las páginas desconocidas que escribieron las mujeres.