diumenge, 17 de febrer de 2013

The deep blue sea


Es curioso, pero en ocasiones hay películas que estás deseando que acaben cuando las estás viendo y al acabar piensas que no te han gustado nada… pero que, sin embargo, se quedan contigo durante días. Y no dejas de pensar en ellas.

Así que objetivamente puedes decir que te ha decepcionado, pero no que te haya dejado indiferente. De hecho, es posible que te haya llegado más que otras películas que te encantan recién vistas pero que en seguida se sumergen en tu olvido.

Eso es lo que me ha pasado estos días con “The deep blue sea”. Fui a verla a la Filmoteca al ciclo de “las mejores películas del año” porque si formaba parte de ese grupo ya prometía, y porque la había visto incluida en otras listas de medios de comunicación como uno de los mejores films del 2012. Además, la protagonista era Rachel Weisz y estaba situada en Londres a principios de los años 50, una época que me atrae muchísimo. El cartel de la película también era de los que me llama la atención.

Y sin embargo no me gustó. Ni en el contenido ni en la forma.

Pausada hasta la exasperación

Sobre el contenido, sales del cine pensado “es una película en la que no pasa nada”. Todo sucede en apenas 12 horas, y en realidad no pasa nada extraordinario. Nada que no suceda cada día en cada calle de cada barrio de cada ciudad o pueblo de cualquier lugar del mundo. Una ruptura, el desamor, la infidelidad, la pérdida.

La forma me resulta exasperante. Una fotografía oscura, densa. Una música cargante, especialmente los violines de los primeros minutos de la película que estaban a punto de atacarme los nervios. Tres decorados (un apartamento, una calle, la puerta de un pub). Tres personajes, los tres ejes del trío amoroso. Y está rodada de una forma tan parsimoniosa, excesivamente lenta, que no es apta para todos los públicos. De hecho, a mi alrededor se sucedían los bostezos. Los planos tardan siglos en sucederse, se detiene una eternidad en los detalles (tantos segundos con un plano fijo sobre el humo de un cigarro, sobre una estufa, sobre una casa derruida), el movimiento de la cámara es tan lento que te dan ganas de rebobinar hacia adelante la película. Los personajes se toman su tiempo para marcar un teléfono, encenderse un cigarro, cerrar una maleta. Incluso una mujer tan desesperada de amor como la protagonista, cuando su amante se va de casa y ella quiere correr tras él para detenerlo se entretiene vistiéndose hasta el punto de tomarse el lujo de ponerse un cinturón. Un cinturón cuando el hombre de tu vida acaba de largarse por la puerta. Para las almas impacientes como la mía, puede ser una película desesperante.

De hecho, al salir del cine pensé que más que una película había visto una obra de teatro. Después he visto que en realidad se trata de una adaptación al cine de una obra de teatro. Y se nota demasiado.

Y sin embargo, no dejo de pensar en ella. Y el pronombre de tercera persona se refiere tanto a la película como a la protagonista, que es lo mismo. Ella es la que aguanta y alrededor de la que gira el film.



Sobre personajes que pierden la voluntad por amor

Se trata de uno de esos personajes abandonados, arrastrados, vencidos, humillados,  casi patéticos si no fueran tan elegantes y hermosos, que te producen rechazo por su actitud pero que te impresionan. Y siento debilidad por ellos. Pienso en algunos personajes atortamentados que suelen hacer RalphFiennes como El Paciente Inglés o El Fin del Romance. De hecho, la estética y la época de la película me recordaban un tanto al Fin del Romance. Pienso también en el protagonista de “El museo de la inocencia” de Orhan Pamuk, un libro que tengo a medias y que no he podido seguir leyendo, a pesar de estar maravillosamente escrito, porque no puedo soportar la asfixia que me producen esos personajes obsesionados y abandonados a un amor perdido. Son como personajes poseídos por un ser interior, un alien, un demonio, un espíritu, "el animal que yo llevo dentro", que anula a la persona, que se come su voluntad y su razón.


También he leído que hace muchos años también fue llevada al cine, protagonizada Vivien Leight. Y es curioso, porque a mitad de la película, viendo a Rachel Weisz me recordó físicamente a Vivien Leight. Y pensé ella. Sí que era un personaje adecuado para esa actriz, derrotado y arrastrado como Blanche en Un tranvía llamado deseo.

Y es que, sin duda, lo mejor de la película Rachel Weisz. Me encanta esta actriz, y me fascinó desde que la descubrí en Enemigo a las puertas. Siempre recuerdo sus ojos desencajados de placer con la mano tapándose la boca para no hacer ningún ruido, mientras practica sexo con un Jude Law maravilloso en medio de un montón de soldados dormidos, con aquellos uniformes mugrientos y raídos puestos y en silencio para que nadie les oiga.

En esta película me admiran la capacidad que tienen sus ojos para mostrar la absoluta devoción por su amante. Ese abandono, esa entrega desmedida, esa perdida de la voluntad y la razón por un hombre, que además reconoce no quererla tanto como debería. Resulta tan doloroso y humillante que ella le suplique después de esa hiriente declaración que le da igual, pero que se quede a su lado. Cuando le promete que no le va suplicar, que no le va a hablar del tema pero que vuelva a casa. O cuando lo llama por teléfono a casa de los amigos donde él se ha ido a dormir para pedirle que al menos pase esa última noche en casa. Entonces, me recuerda tanto a Barbra Streisand llorando y en pijama pidiéndole a Robert Reford por teléfono, él también se ha quedado en casa de unos amigos, que vuelva a casa esa noche sólo hasta que ella se duerma y que no le va a hablar del tema.

Reconozco que ese tipo de personajes y esas escenas, esa concepción tóxica, destructiva del amor me incomoda. Porque me rebela por dentro, porque me dan ganas de echarle un sermón a la protagonista.  Son escenas de película, pero no están tan alejadas de la realidad cotidiana. De hecho, es muy habitual y común. Incluso en personas inteligentes y maduras que conoces, como es el caso de la protagonista, has visto ese tipo de actitudes alguna vez. Y aunque no encajen en tu concepción de las relaciones  y no puedas entenderlas, tampoco puedes hacer más que aceptarlas. No puedes censurar ni reprender a la otra persona, que bastante mal se siente ya, porque forman parte de ser humano, y por lo tanto, frágil y vulnerable. Además, ¿quién no va a decirnos que alguna vez la vida nos va a llevar a comportarnos así?

Para la protagonista es “el amor o nada”. Aunque para mí eso no sea amor. No es sólo deseo, no es sólo sexo, es insatisfactorio, “ponle la etiqueta que quieras” como le dice ella a su marido, pero no puede vivir sin él. Por eso, “The deep blue sea” empieza con la preparación de un suicidio. Un cuidado y esmerado suicidio. Y no puede evitar recordar a Julianne Moore (también de El fin del romance) en “Las Horas” preparando su suicidio en su apacible dormitorio. O en Virginia Wolfe sumergiéndose pausadamente en las aguas del río.

Para finalizar, otra cosa interesante es de la película es verla en versión original. Además de poder escuchar la voz de Rachel Weisz, preciosa y sensual, es muy reconfortante para los eternos aspirantes a tener un buen nivel de inglés. El lenguaje es tan académico, los diálogos son pausados y elegantes, con una pronunciación cuidada y correcta, los subtítulos en castellano no son apenas necesarios. Y aprendes expresiones tan bonitas como la que le da nombre a la película que significa estar entre la espada y la pared (eso sí lo leí en castellano): “be between the devil and the deep blue sea”.