dissabte, 11 de febrer de 2017

El río de mi infancia

“Todos tenemos  un río en el que refugiarnos. Pensad en cuál es vuestro río y concentrarnos en esas emociones”, nos decía la profesora de yoga en los momentos de relajación con los que siempre se cierran las clases.

“¿Yo tengo un río? ¿Cuál es mi río?” me preguntaba yo perdiendo el valioso tiempo de concentración repasando impaciente todas las imágenes de arroyos, riachuelos y ríos grandes de las carpetas de archivos mentales.  ¿Quizás el Delta del Ebro? ¿ O el Hudson cruzando el Puente de Brooklyn? No, mejor el Sena desde el Pont dels Arts como Oliveira buscando a la Maga en Rayuela. Ya está, ya lo tengo,  el puente Gálata atravesando el Cuerno de Oro con todos sus pescadores y el perfil de las mezquitas recortado en el horizonte.  Entonces me di cuenta que esas imágenes no debían llevar la etiqueta de ríos sino la de puentes. No sirven para el ejercicio. “Os sumergís en esas aguas, estás a solas, sentís la paz y la tranquilidad”, continuaba la profesora y yo seguía con el análisis mental mientras el resto ya estaban en profunda relajación. No sirven porque no puedo bañarme en el Sena o en el Bósforo.

De pronto, sentí el agua mojándome las rodillas y saltó a primera línea una imagen antigua y perdida en el fondo oscuro de los recuerdos, sepultada por el polvo y con las bombillas de 125 fundidas que ya no se pueden reponer.

Y reconocí el río de mi infancia. Ni siquiera alcanza la categoría de río. Es un riachuelo. Tampoco tiene nombre propio, o al menos yo no lo recuerdo. En mi entorno todo el mundo se refería a él por su nombre común. “Vamos a pasar el día al río”. Es verano, es agosto en el pueblo de mi padre en Almería. No sé cuántos años tengo, tal vez 6. No sé si mi hermana ya había nacido, o aún era hija única. Pero tengo recuerdo de ser consciente, a esa edad, de que era uno de los días más felices de mi vida. Incluso creo habérselo dicho a mi madre al volver a casa.

En el borde del río en un espacio demasiado pequeño hay algunas mesas y sillas colocadas de forma dispersa, aprovechando los espacios más planos del terreno. No recuerdo si había ensalada, pero seguro que era así porque estaba mi tía. Y fritada de conejo que nunca faltaba. Lo que sí que puedo ver es una paella haciéndose en un rincón sobre unas piedras. Me pregunto cómo la cocinaban. ¿Encendieron un fuego en el campo? Entonces no había demasiada conciencia del peligro de incendios. Tampoco de otros peligros. Seguro que ninguno de nosotros se puso crema solar. Recuerdo mirarme las mejillas enrojecidas en el espejo al volver a casa  y alégrame de lo bonita que me hacían en contraste con un vestido blanco de lunaritos de colores que llevaba.

Veo también las botellas de cerveza y refresco, e incluso una sandía, dentro del  agua, ancladas con piedras en un recodo del río. Las miraba curiosa porque no entendía qué hacían allí y me hipnotizaban los saltitos y vueltas de la sandía por efecto de la corriente. No estaba todo el tiempo mirando embobada el agua, debía jugar con mis primos imagino, y de vez en cuando corría haciendo aspavientos porque había avispas. En el pueblo siempre había avispas. Una vez le picó una a mi padre mientras hablaba conmigo por el móvil. Eso fue muchos años después, cuando yo ya era demasiado mayor para querer ir al pueblo y prefería quedarme en Barcelona.

Estamos toda la familia. Cuando todos nos llevábamos bien y las diferencias, los malos entendidos, el orgullo y el egoísmo no nos había separado aún. Cuando todos estaban vivos. Hoy faltan tantas personas de esa imagen. Creo que la mitad están muertos. Mis abuelos, todos mis tíos, mi padre. Menos mi madre, ya sólo quedamos los de mi generación. Y aún no tengo 40 años.  Ellas llevaban camisas estampadas y pantalones cortos. Me sorprende ver a mi madre con pantalón corto pero me doy cuenta que aunque a mí me pareciese entonces mayor ella debía tener entonces unos 30 años, mucho más joven que yo.

Después de comer mientras los abuelos y los hombres hacen las siesta, el resto remontamos el río, andando dentro del agua, mojándonos sólo hasta las rodillas no fuera a ser que tuviéramos un corte de digestión. El sol de las 4 llega matizado a través de los árboles. El suelo es irregular y cuesta caminar, pero llevamos aquellas sandalias azules de plástico tan horribles pero prácticas para ese momento. Mis tías, que son tan alegres y dicharacheras con sus cabellos rubios y rojos, los labios y ojos pintados en el campo , cantan. Tengo recuerdo de mi tía Julia cantando tiempo después caminando por el curso de un río seco no muy lejos de allí. “Cartita que va a la luna …” “Cuando se acuesta Lorenzo, se levanta la Julita”, la voz cantarina de mi tía forma parte de la banda sonora de esos momentos felices en medio del tedio de los veranos en el pueblo.

Soy una niña demasiado quejica. Me dan miedo los pececillos que rozan los tobillos, me molestan los guijarros que se clavan en la planta de los pies, voy en estado de alerta por si aparecen más avispas. Tal vez mi prima Mari me coja de la mano. Tal vez mi primo Christian intente empujarme para tirarme al agua. Pero igualmente yo sabía quera era feliz.
Y sin embargo con las piernas en el río, y en medio de la relajante clase de yoga siento ganas de llorar y se me humedecen los ojos.


La profesora de yoga apaga la música, enciende la luz y me quema la vista. Después voy a nadar a la piscina, que son otros ríos de mi presente.