diumenge, 20 de desembre de 2015

“Los cañones de Agosto”, de Barbara Tuchman, una apasionante obra de no ficción sobre la I Guerra Mundial

Con motivo de los 100 años del estallido de la I Guerra Mundial se publicaron muchos reportajes y novelas. Me apetecía aproximarte más a este período histórico, posiblemente más decisivo que la II Guerra Mundial de la que tenemos muchísima más información y referentes. Como el tiempo es limitado, busqué entre algunos monográficos alguna de las obras más destacadas. Y casi todo el mundo coincidía en recomendar la lectura de “Los cañones de agosto” de Barbara Tuchman. Y realmente, es una lectura interesante y apasionante que recomiendo a todo aquel que tenga interés por la historia y que además tenga ganas de leer un texto brillante y emocionante.

La obra narra los momentos previos al estallido de la I Guerra Mundial, así como el primer mes de lucha. De hecho, los dos bandos tenían calculado que la contienda no duraría más de unas semanas. Tenían el plan previsto día a día. Sin embargo, los cálculos fallaron y se vieron atrapados en una guerra interminable.

Con un estilo claro y directo, creo que es uno de los trabajos de no ficción más admirables que he leído nunca. Porque consigue mantener la atención y la emoción con un estilo narrativo como si de una novela se tratase, y porque cada detalle, conversación, descripción están documentados.  Escribe Robert K. Massie en su prefacio a la obra “El mayor mérito de la señora Tuchman es que, en las páginas de su libro, consigue revestir los acontecimientos de agosto de 1914 de tanto suspense como el experimentado por las personas que lo vivieron realmente”.

No en vano, Tuchman fue historiadora, periodista y escritora, entre otras muchas cosas. Y sin duda, el libro es fruto de todas esas pasiones.

El ingente trabajo de documentación le supuso el Premio Pulitzer. De hecho, me he acordado mucho cuando estudiamos “periodismo literario” en la Universidad que leímos y analizamos algunos delos grandes trabajos de reportajes periodísticos literarios de referencia como “A sangre fría”, centrándonos tal vez excesivamente en “El nuevo periodismo” y pienso que esta obra es uno de los máximos exponentes de este tipo de periodismo que debería estudiarse en las facultades de comunicación.

Una guerra con cita previa
Ha pasado a la historia que el desencadenante de la I Guerra Mundial fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando. Sin embargo, los dos bandos (francés y alemán) llevaban años preparando esta guerra.

“En la primavera del año 1914, la labor conjunta de los estados mayores francés e inglés había sido completada hasta el último batallón, pues incluso habían sido fijados los lugares donde tomarían café. El número de vagones de ferrocarril franceses, el número de intérpretes, la preparación de las claves, el forraje para los caballos, todo estaba ya perfectamente previsto en el mes de julio”. Francia se pasa años preparándose para una guerra que Alemania anuncia con la sorprendente convicción que tiene derecho a invadir Francia, porque es un asunto de subsistencia, son tan grandes que su propio territorio se les queda pequeño. Son tantos los argumentos que se repiten 25 años más tarde.


El decisivo miedo a cambiar los planes establecidos
Uno de los momentos más reveladores del libro es cuando la autora relata el momento en que se decide iniciar la guerra. Había dos opciones: atacar a Rusia o invadir Bélgica para llegar hasta la Francia, con el agravante que había un pacto internacional que establecía que si algún país atacaba la neutral Bélgica, Inglaterra tenía el deber de defenderla. Y si Inglaterra entraba en la contienda, era probable que Estados Unidos se añadiera. Sin embargo, si se atacaba Rusia las potencias occidentales iban a permanecer al margen del enfrentamiento entre dos países que además tenían una civilización y un régimen que no era el sistema de vida que defendían Francia, Inglaterra o Estados Unidos.

Que aquel verano de 1914 la contienda pasara de una guerra bilateral breve a la I Guerra Mundial pudo depender, según apunta Tuchman, de la insistencia de un alto mando alemán y la resistencia a cambiar los planes establecidos.

Tuchman muestra como Moltke, el militar que está al mando de la contienda y que lleva más años preparando la guerra según en Plan Schlieffen basado en invadir Bélgica, ha  movilizado y trasladado ya a sus hombres a la frontera belga, enfurece cuando el Emperador alemán duda si empezar o no la guerra, si seguir negociando, si encontrar otras opciones, si empezar la guerra atacando a Rusia y no a Francia a través de Bélgica. Moltke monta en cólera porque las dudas del Kaiser trastocan sus planes y su trabajo realizado hasta ahora. “Veía cómo todos sus planes se derrumbaban, cómo irían los suministros por un lado y los soldados por otro, y quedarían compañías sin oficiales, divisiones sin plana mayor y los 11.000 trenes que habían de partir a intervalos de diez minutos se verían sumidos en la mayor confusión de la historia militar”.

Así que al final lo que acaba dando inicio al comienzo de la I Guerra Mundial (y como consecuencia a millones de muertos, a la II Guerra Mundial y al orden geopolítico del siglo XX y quizás XXI) es el miedo alemán al desorden de hacer recular al ejército y el dar al traste con años de planificación: “Majestad no se puede hacer, replicó Moltke, el despliegue de millones de hombres no puede ser improvisado. Si Vuestra Majestad insiste en mandar todo el Ejército al Este, no será un ejército dispuesto a entrar en batalla, sino un desorganizado grupo de hombres armados que no podrá contar con suministros de ninguna clase. Estas disposiciones han requerido de una labor muy minuciosa durante un año…. Moltke guardó un breve silencio después de haber pronunciado estas palabras, para añadir la base de todo gran error alemán, la frase que provocó la invasión de Bélgica y la guerra submarina contra Estados Unidos, la frase inevitable de los militares cuando intervienen en la política… “y lo que está dispuesto, no puede ser alterado”.

El mundo nunca volvió a ser igual.

El inconcebible heroísmo de la población civil
Uno de los grandes errores de Francia es que piensa que el mundo no ha cambiado y que va a ser una guerra tradicional, como las que ha habido hasta ahora donde va a primar la lucha cuerpo-cuerpo,  De hecho,  Francia cree que una lucha que no sea así es casi un deshonor, hasta el punto que en “en 1913 se licenció a cinco instructores de la Academia que persistían en enseñar la herejía de las tácticas con armas de fuego”.

Así pues Francia no está instruida ni equipada para la guerra que ha preparado Alemania, que evidentemente no tiene en cuenta todas esas lindezas del bando francés.  Así por ejemplo, no salen de su asombro cuando el 6 de agosto, un zeppelín alemán sale desde Colonia y bombardea desde el aire la ciudad belga de Lieja. Se inaugura así una nueva manera de hacer la guerra que en Barcelona se convertiría casi en una costumbre veinte años después. También Alemania inaugura nuevos métodos, como cuando decide que la población civil no debe “quedar exenta de las consecuencias bélicas, sino que había de sufrir sus efectos y ser forzada, por cualquier medio, a obligar a sus jefes a pedir la paz”. Quieren hacer la vida tan imposible a la gente que su país no tenga más remedio que rendirse. Así se dedican a quemar pueblos, masacrar ciudadanos, arrasar por donde pasan.

Ahora bien, en este caso, a Alemania le sale el tiro por la culata. De hecho, están desconcertados porque la población civil belga y francesa no actúa como ellos esperaban. No sólo no suplican a los gobernantes la rendición sino que ellos mismos se rebelan contra la ocupación alemana y por iniciativa propia atacan al ejército alemán. Los poderosos soldados alemanes llegan a tener pánico a entrar en los pueblos más pequeños y deliciosos porque los particulares les disparan desde las ventanas o les ponen bombas de fabricación casera a su paso.  El ejército alemán está desconcertado: “que la población pudiera sentir deseos de lucha sin una orden de arriba, se les antojaba completamente inconcebible”. Aquí Tuchman cita a Goethe en una frase reveladora: “Si han de elegir entre injusticia y desorden, los alemanes siempre se inclinaran por la injusticia”. Así pues, un pueblo que actúa por iniciativa propia para defender su país, su pueblo, su civilización se les antoja deleznable.

“Seguros sólo en presencia de la autoridad, consideran al resistente civil como un elemento muy siniestro. Para la mente occidental, un francotirador es un héroe, pero para el alemán es un hereje que amenaza la existencia del Estado”. Por eso tampoco entienden más tarde los monumentos y homenajes que levantan Bélgica y Francia a la resistencia civil. Tal vez pensar y actuar por uno mismo sin seguir las órdenes superiores no está en su concepción del mundo, y entonces cobra mucho sentido otras ideas como “la banalización del mal” de Hannah Arendt.

“Sobre este análisis Arendt acuñó la expresión «banalidad del mal» para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias de sus actos, sólo por el cumplimiento de las órdenes. La tortura, la ejecución de seres humanos o la práctica de actos «malvados» no son considerados a partir de sus efectos o de su resultado final, con tal que las órdenes para ejecutarlos provengan de estamentos superiores” (Wikipedia).





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