dijous, 26 d’agost del 2010

Recorriendo la Habana de la mano de Cabrera Infante


Ha sido emocionante leer “La Habana para un infante difunto” de Guillermo Cabrera Infante durante el tiempo que he estado en La Habana. Emocionante por tropezarse de pronto, sin premeditación alguna, con los escenarios de las peripecias amorosexual del protagonista. Y especialmente porque no hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para reconocer estos lugares, debido al extraordinario fenómeno de vivir en una burbuja del tiempo que experimenta esta ciudad. Y este país. Los edificios, las calles, los coches se me antojaban asombrosamente tal cual los describía Cabrera Infante recreando los años 40 y 50 del siglo pasado.

El lugar donde yo vivía hacía esquina con la calle Zulueta (como Iván), en cuyo número 108 pasa la infancia el infante en un solar, un edificio de pisos cuarteado en habitaciones donde se alojaban parejas, solitarios, familias, y donde la libido de sus habitantes (o debería decir “habitantas”) alcanzaba cotas extremas. En cada rincón de aquel laberinto de cuartos compartidos, de lavabos comunes, de pasillos estrechos, de cocinas con turnos y horarios, de escaleras empinadas, aguardaba un sorpresa excitante en forma de mujer (desde la más dulce niña de 9 años a la anciana más animada) que van conformando la turbulenta educación sexual del infante. Al girar la esquina nos encontrábamos con el Centro Asturiano, en cuya biblioteca, el protagonista aprovechaba la intimidad de los libros y su aire intelectual para iniciar algunas estrategias de seducción con jóvenes lectoras. Desde mi ventana se veía gran parte del Paseo del Prado donde el ya adulto infante perseguía mujeres. Y reconocía los nombres de cines y parques donde luego remataba su faena. Al salir a pasear o comprar a algún lugar cercano, me tropezaba con calles como San Lázaro, Neptuno, Virtudes, Ánimas, Montserrate, donde el protagonista había frecuentado un hotel de habitaciones por horas, donde trabajaba alguna señorita deseada o donde lo había dejado un taxi una noche.

Sin duda, el protagonista (del que nunca conocemos su nombre, tal vez porque comenta en diversas ocasiones la vergüenza que le da llamarse así) tiene una fijación enfermiza por el sexo, y por el sexo femenino para ser más específicos. Por todas, menos por su esposa (personaje femenino que es como un fantasma del que nada conocemos y que sólo aparece en dos ocasiones, llorando y lamentándose de sus evidentes infidelidades). Lo más terrible es que lo que en la adolescencia se nos presenta como enamoramientos platónicos de un muchacho sensible … luego se transforma en una sucesión de conquistas consumadas con un total desprecio por su objeto de deseo, por la mujer, que una vez utilizada pasa a ser una más en la lista de hazañas sexuales. A través del sexo, se obsesiona con dos mujeres (Julieta y Margarita) y me ha recordado a otros personajes intelectuales, de buena familia, con una posición acomodada, con una apariencia de respetabilidad y serenidad. He recordado al conde Laszlo Almansy de “El paciente inglés” o al protagonista de “El museo de la inocencia” de Orhan Pamuk que estoy también leyendo actualmente. Son personajes intensos, nostálgicos, apasionados, enamorados perdidamente de un lugar: El Sahara, Estambul, La Habana. Y enamorados obsesivamente de mujeres que no les pertenecen.

El giro final es sorprendente e ingenioso, me ha hecho recordar un extravagante corto en blanco y negro que aparece en medio de la película “Hable con ella". Y aunque en el fondo es el coherente final para un personaje cuya existencia gira en torno al sexo femenino, no acaba de encajarme con el tono evocador y verosímil del resto de la novela.

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