diumenge, 18 de setembre de 2016

El periodismo necesario e invisible

Acabo de finalizar la lectura del libro “Océano África” del  periodista Xavier Aldekoa. Es un libro que compré con mucho entusiasmo y que me ha estado reclamando desde la mesita del salón durante todo el año, pero hay lecturas que sólo puedes abordar con la calma y el tiempo que permiten las vacaciones y el ritmo estival. No quería leerlo deprisa y corriendo, a trompicones, a ratos muertos y a punto de rendirme al sueño. Y justamente al cerrar la última página me he lamentado, con cierta culpabilidad, de todo el compromiso, honestidad, trabajo, esfuerzo, riesgo para la propia vida que periodistas como Aldekoa, y otros tantos, entregan a la profesión para escribir reportajes que a menudo los lectores, incluso los mismos periodistas, leemos en las páginas de un diario por encima, en diagonal, como si fuera fastfood.  Los consumimos y luego los olvidamos, sin ser conscientes de todo lo que hay detrás. “Oceáno África” nos enseña precisamente todo eso que hay detrás. El esfuerzo por mantenerse honesto y no caer en las facilidades que supondrían los sobornos, la lucha por conseguir papeles y que no te requisen cámaras y grabadoras, el corazón roto ante niños que venden su alma, y la de sus familiares, al diablo por unos dólares para comer, y el jugarse la vida tantas veces por mostrar al mundo lo que está sucediendo, y nadie cuenta, y al mismo mundo, una vez que se lo has explicado…  parece que tampoco importa.  Se te rompe el alma cuando la gente que no tiene nada le suplica al periodista que cuente lo que está pasando, que dé voz a los que no la tienen. Y el periodista lo hace. Y una vez se juega la vida por ese compromiso y el de su profesión. Me invade el desánimo pero no dejo de preguntarme si vale la pena porque una vez contado no sucede nada, nada cambia, nadie se revuelve en su sofá, nadie mueve un dedo en su despacho.

Para contar lo que está pasando en África el periodista cruza el desierto del Kalahari sabiendo que si le pasara algo no encontraría a nadie en cientos de quilómetros que pudiera ayudarlo. En alguna ocasión le apuntará un arma mientras secuestran su coche. Hará quilómetros durante días en furgonetas atestadas sin apenas seguridad por carreteras que son una ruleta rusa.  Y nos contará esas cosas terribles que está sucediendo y de las que nadie se hace eco. Que a los bosquimanos, el pueblo más antiguo de la Tierra, el gobierno de Botswana los viene a buscar a sus casas y los expulsa de sus tierras, donde viven desde hace nada más y nada menos que 200 siglos, para entregar el subsuelo rico en diamantes a algunas empresas. Que a los pigmeos, los pobladores más antiguos de la selva de África central, también los expulsan de las tierras donde han vivido desde hace siglos para que otras empresas, o tal vez las mismas, puedan deforestar la selva. Y los pigmeos, en su ingenua inocencia, se quedan a cargo de sus compatriotas cameruneses que los explotan como esclavos. Nos cuenta que el paraíso en la tierra existe y se encuentra en el corazón de Nigeria, un vergel exuberante en unos lagos de agua cristalina… que están cubiertos por un lodo pestilente y mortífero de gasolina. Compañías como Shell explotaron la zona, hasta que las instalaciones quedaron viejas y obsoletas y las abandonaron dejando que el petróleo se derramara sin control y desbastara la zona.

¿Cómo hemos podido leer todas esas historias y no hemos hecho nada? Hay tantas y tantas historias que deberían haberlos rebelado.

Una vez leído, he colocado el libro en la estantería (aunque le he dicho a todo el mundo que se lo presto para que lo lean y espero que no esté mucho tiempo en la estanteria). Lo he puesto al lado de Ébano de Kapuscinski que es donde le corresponde estar y donde es posible que al autor le gustaría, modestamente, que lo colocaran. Es evidente que sus páginas beben de Ébano. No en vano, un fragmento del libro es lo primero que encontramos al empezar la lectura. Incluso he reconocido pasajes similares como el que explica que los transportes en África no tienen horario se salida, salen cuando se llenan de gente. Al igual que Ébano, se trata de capítulos que recogen historias personales del periodista en diferentes países.


Cada capítulo es un pequeño relato escrito con habilidad narrativa que nos atrapa desde las primeras líneas y que, a menudo, acaba asestándonos un puñetazo en el estómago. El autor sabe combinar de manera brillante el hilo narrativo, con la descripción y valoración personal y la información sobre la historia y la realidad social, económica y política del país en cuestión. Y en la dureza de los relatos también hay espacio para la ternura y el sentido del humor en medio de la tragedia. También nos recuerdo al principio que no todo es drama en África, también optimismo, lucha, energía, entusiasmo, ilusión. Tal vez deba quedarme con ese mensaje y no con la desesperanza de la pasividad del mundo. Ojalá mucha gente lea el libro de Xavier Aldekoa, especialmente en las facultades de periodismo, y ojalá mucha gente lo lea a él en los medios de comunicación y empiece a indignarse para cambiar las cosas. Aldekoa demuestra que Kapuscinski tenía razón y no es oficio para cínicos.

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