Calaix de sastre de reflexions i inquietuds sobre comunicació, educació, acció social, política, cinema, literatura, viatges i percepcions de la vida quotidiana.
Para empezar las cosas por el principio, el viaje a Vietnam
debería iniciarse en Hanoi donde se inició la historia del país.
Esta ciudad milenaria
(en 2010 celebró sus 1.000 años de existencia), fue erigida según los principios
de la geomancia que establecía un orden cosmológico. Para ellos se necesitaba
una montaña, un río (el río Rojo), lagos y montes. Esto último faltaba en los
alrededores de Hanoi, así que decidieron construir unos montículos de forma
artificial.
Durante casi 800 años se llamó Thang Long, que tiene la
preciosa traducción de “ciudad del dragón alzando el vuelo”. Y justamente hoy
es la capital de ese dragón del sudeste asiático que es Vietnam lanzándose al
desarrollo económico. Más tarde cambió su nombre por el actual que tampoco le
viene mal puesto que significa “ciudad de la prosperidad creciente”.
Posiblemente una de las visitas imprescindibles es el
barrio de los comerciantes y artesanos, 36 calles del centro histórico que están
pendiente de ser reconocidas como Patrimonio de la Unesco. Hasta allí nos
desplazamos en ciclo-taxi, creyendo morir durante los primeros cinco minutos
por culpa de la locura del tráfico donde te sientes el elemento más vulnerable.
Y luego divirtiéndote en medio de la marea de camiones, coches, motos (muchas
motos, tantas motos como no habíamos visto nunca, pero no sabíamos que en Saigón
íbamos a ver muchísimas más). Y los últimos cinco minutos del ciclo taxi
creyendo que realmente vas a morir por la contaminación, que en realidad es más
baja que en Barcelona o Madrid. El barrio de las 36 calles está formado por
edificios de dos o tres plantas muy decorados y con fachadas estrechas. Se
llaman “casas tubo” y se construyeron porque se pagan los impuestos por
terreno, así que decidieron hacer las casas estrechas.
El barrio está junto al lago Hoan Kiem cruzado por un
coqueto puente rojo. Y al otro lado se haya el barrio francés que aún conserva
su catedral, un inspiración triste de Notre Dame de París, como un vestigio del
pasado francés de la que fuera capital de la Indochina francesa. Durante los
años ochenta y noventa todo lo francófono estuvo prohibido y era sospechoso de
ir contra el régimen, así que todos aquellos que habían aprendido francés
tenían que olvidarlo, los profesores dedicarse a enseñar otras lenguas y leer a
escondidas literatura francesa. De hecho, en aquellos años estaba prohibido
hablar con extranjeros por la calle a no ser que fueran de países comunistas. Y
ya me diréis si es fácil a simple vista diferenciar un polaco de un belga.
Esa tarde nos pilló de improviso el primer chaparrón del
viaje y nos refugiamos en un bar hasta que escampó. Regresamos al hotel
caminando en un trayecto fascinante cuando ya las tiendas recogían. Era difícil
caminar porque había que hacerlo por la calzada llena de motos y bicis
circulando en todas direcciones, pero es que las estrechas aceras estaban
ocupadas por motos aparcadas, gente fregando los platos de casa, o pequeñas sillas
de plástico de pequeños bares donde la gente cenaba. Además el suelo es
irregular, con baldosas rotas o inexistentes y hay bolsas de basuras por todas
partes. Aún así nos divertimos sorteandoobstáculos y comprobando que ya éramos capaces de cruzar una calle sin
sobresaltarnos.
Soñaba con viajar a Vietnam desde que era adolescente. En el
corcho de mi habitación, el nombre de este país asiático recortado de algún
reportaje de suplemento dominical compartió espacio con recuerdos del pasado
(fotografías con amigas, entradas de conciertos o de películas, poemas mil
veces recitados) y proyectos de futuro.Allí estuvo colgado de una chincheta durante años y más tarde cuando me
independicé clavado en mi mente como destino pendiente. En aquella época la
gente se sorprendía de ver leer aquel lugar en mi habitación porque aquel
nombre les traía a la memoria tantas películas americanas sobre la guerra. Las imágenes
que yo tenía en mi retina nada tenían que ver con aquellas escenas. Pero sí que
deseaba ir a Vietnam por culpa del cine. Los paisajes que yo soñaba ver algún día
eran los cafés elegantes de Saigón donde Caterine Deneuve se encuentra con
Vicent Perez y sobre todo la magia de las rocas y las montañas de la Bahía de
Halong y los intensos verdes de los arrozales de las montañas de Sapa por donde
escapaban su amante y su hija huyendo de la justicia. Descubrí la película
Indochina una noche en un cine de verano en el pueblocon los 16 años que viví con mayor intensidad
sintiendo que todo era sublime y único. La amistad, el amor, las canciones, las
películas.
En estos casi 25 años que han transcurrido desde entonces he
tenido la suerte de poder viajar a muchos lugares pero siempre quedaba Vietnam
en la lista de pendientes. Los miedos, las fobias, los temores paralizantes
eran la barrera que impedía cumplir ese sueño, hasta que los momentos difíciles
en la vida me hicieron este año darle una patada a esos obstáculos fantasma.
Durante casi tres semanas he podido caminar bajo la lluvia por
los arrozales embarrados del Valle de Sapa, me he despertado en un barco en la
bahía de Halong por la que he podido navegar, recorrer en Kayak e incluso darme
un baño, hemos visitado lo que queda de la ciudad imperial de Hué y hemos
paseado a la luz de los farolillos de Hoi An. También hemos navegado en barca
por los silenciosos canales de la Bahía del Mekong donde hemos ido a comprar a
mercado y hemos dormido en una casa en una isla del delta. Incluso hemos
recorrido un antiguo campamento del Viet con con sus escondites y búnkeres camuflados
en la selva. Lo que no he encontrado son
los cafés elegantes de Saigón ni rastro del espíritu colonial. En Saigon yen Hanoi reina el ritmo frenético, el
bullicio, la contaminación, el nudo gordiano de los cables, las aceras intransitable con gente cocinado y comiendo en la calle, el desarrollo capitalista que amenaza con
engullirlos si no están atentos a preservar su esencia. El capitalismo en un
país socialista. De las ciudades, paradójicamente lo más encañador es el
tráfico. Resulta hipnótico quedarte mirando en un esquina el caos del tráfico
que fluye de forma harmónica.Millones
de motos trasportando los objetos más inverosímiles (tuberías, pollos,
armarios), familias de cuatro y cinco miembros o , bebés durmiendo en brazos de
sus madres al volante de motocicletas cochambrosas, bicicletas, animales,
camiones, todo el mundo cruzándose sin respetar normas de tráfico, solamente una
única regla. Ser previsible. Al final para cruzar una calle tenías que armarte
de valor y confianza. Confiar en el destino. Lánzate a cruzar sin mirar, simplemente
seguir tu camino con pausa pero sin detenerte ni dudar nunca. Sumergirte en el
tráfico como un elemento más y fluir con el caudal. A veces me acordaba de una
escena de Indiana Jones y la Última Cruzada donde debe cruzar un abismo
confiando que habrá un puente bajo sus pies.
El viaje a Vietnam tuvo además una grata sorpresa
inesperada. La extensión a Camboya. Mi objetivo no era visitar este otro país
pero estaba programado así. De modo que no había leído, ni investigado, ni me
había documentado nada sobre este lugar. No tenía referencias, ni si quieras imágenes
que me evocaran que me iba a encontrar. A veces las mejoresimpresiones te llegan cuando no te has creado
ninguna expectativa. Y así fue. El país me ha deslumbrado por su paisaje, su
gente, su historia, su cultura, Angkor era un lugar desconocido que me ha
dejado con la boca abierta. Ahora tal vez la cuenta pendiente será acabar de
conocer Camboya del que sólo hemos podido disfrutar un cachito.
El Cagnon Maligne es el cañón más profundo de Canadá (60m) que muestra las espectaculares formas que esculpe el agua en la roca. Debe su
nombre al duro periplo que le suposo al religioso francés que decidió
remontarlo a lomos de su caballo.
Un poco más adelante se encuentra el Medicine Lake. Los nativos lo llamaron así porque en
invierno el agua del lago desaparece, al drenarse a través de una serie de
canales subterráneos que desembocan en el río Maligne, uno de los sistemas
subterráneosmás largos e inaccesibles
del mundo.
Cuando llegamos el humo procedente de los incendios le daba un aspecto
tenebroso y triste.
Aunque el Maligne Lake era bien conocido por las Primeras Naciones
del área, no fue oficialmente descubierto hasta que llegó la topógrafa Mary
Shaffer en 1908 en compañía de su compañera Mary Adams y dos guías. Como guía
sólo tenía un mapa que había dibujado de memoria un indio abisinio que había
visto el lago una única vez en su vida hacía 16 años cuando era
adolescente.Hoy algunos puntos de lago
y las montañas cercanas llevan el nombre de aquel joven abisinio.
Se pueden hacer varias
rutas caminando alrededor del lago, aunque hay que tener cuidado con la
presencia de alces y no mirarlos directamente.
También es muy popular
tomar un barco para llegar hasta la Spirit Island, que cuenta la leyenda que
era donde se encontraban en secreto dos jóvenes amantes de tribus rivales. Cuando
la joven fue descubierta, le prohibieron regresar a la isla. Pero su amante
siguió volviendo toda su vida con la esperanza de encontrarla. Ella nunca
volvió y él murió en la isla donde aún reside su espíritu.
Según algunas versiones de
la mitología de las Primeras Naciones, la isla Spirit debe su nombre a dos
jóvenes amantes de tribus enemistadas que se reunían en secreto en la isla. Sin
embargo, cuando la joven finalmente confesó su romance prohibido a su padre,
uno de los jefes de la tribu, le prohibió regresar jamás a la isla. Con el
corazón roto, su amante continuó volviendo a la Isla Spirit durante toda su
vida, con la esperanza de ver a su bella amante de nuevo. Pero ella nunca
volvió y él, finalmente, murió en la isla, donde su espíritu aún reside.
No se puede acceder a la
isla pero el entorno mágico aún tenía más misterio con la neblina de los
incendios cercanos. El guía del barco nos explicó que los incendios en muchos
casos son provocados porque Canadá tiene tantos km de bosques infranqueables
con árboles centenarios que están muriendo y cayendo impidiendo regenerar la
naturaleza. El terreno de bosques es tan inabarcable
que la única manera de
eliminar los árboles muertos o enfermos es provocar incendios controlados. De
hecho, es muy habitual ver troncos caídos y escuchar el crujido de los árboles enfermos
que se quejan de los achaques de la edad.
Sin duda, el día más largo y duro de viaje. Unos 450 km que se convirtieron en una jornada entera de coche debido a que se trataba de carreteras de montañas. La caravana se esforzaba mientras iba engullendo gasolina en subir y bajar montañas, carreteras estrechas llenas de curvas pasando por un paisaje solitario y desolado. Además, nos vimos envueltos en uno de los terribles incendios que azotaban Canadá ese verano. Tuvimos que esperar casi una hora hasta que despejaron la carretera y cruzar a toda velocidad siguiendo los coches de los guardas forestales. Veíamos llamas a los lejos y el humo dificultaba la visibilidad y lo llenaba todo de olor a quemado y niebla. Fue un día denso, triste y pesado. El último tramo hasta Clearwater ya de noche tuvimos lluvia torrencial. El tráfico era denso de camiones que nos adelantaban a toda velocidad. En medio de la lluvia y la noche se nos cruzó un ciervo, que generó cierto momento de pánico. Pasamos la noche en un
camping con una imagen idílica frente al lago que da nombre a la ciudad de Clearwater.
El segundo día en Vancouver lo dedicamos a visitar el Stanley Park, el parque urbano más grande de Canadá y
uno de los más grandes de Norteamerica. Está constituido por un bosque de coníferas con cerca
de medio millón de árboles y tiene más de 200 km de caminos y senderos, y dos
lagos. El parque empezaba muy cerca del apartamento y al lado de la playa.
Sinceramente, uno de las cosas de Vancouver que más envidia me genera.
Justo
coincidimos con una cursa y hay decenas de personas corriendo al borde del mar
y otros practicando otros deportes como boxeo o yoga.
Conociendo al monstruo: la autocaravana
Al mediodía vamos en tren hasta las oficinas de la
autocaravana donde nos hacen esperar una eternidad hasta que nos dan la nuestra
que nos resulta enorme y grandiosa, imposible de manejar. La chica de la
oficina nos da millones de instrucciones
en inglés y francés sobre cómo funciona, tantos datos que nos es difícil retener. Casi
salimos de allí temblando. El viaje por autovías aún resulta fácil pero cuando
entramos en Vancouver todo se complica. Hay que mantener una distancia de
seguridad enorme porque la caravana tarda mucho en frenar y en ciudad es muy
difícil mantener esta distancia. Además tenemos muy poca visibilidad y no controlamos aún los
laterales. Al recoger las maletas casi golpeamos a una adolescente que estaba
muy adelantada en un semáforo.
Todo se mueve demasiado. Dentro de la caravana cada bache
nos hace saltar y suenan platos y vasos como si fuera a hacerse todo añicos. El
paseo panorámico por la carretera Sea-to-Sky que nos lleva de Vancouver a Whistler
casi nos pasa inadvertido pendiente de la caravana.
Paramos en un supermercado para comprar comida donde nos sorprenden los envases gigantes de comida y nos
planteamos dormir allí. Seguimos hasta Whistler pero no sabemos cómo funciona
pasar la noche en la caravana, así que aparcamos en un párking donde hay más
caravanas y pasamos allí la noche. Después descubrimos que los chicos habían
visto un cartel donde decía que estaba prohibido pasar la noche aparcados en el
párquing.
El largo viaje de Barcelona a Vancouver fue bastante pesado.
Habíamos llegado al aeropuerto de El Prat con bastante antelación porque
estábamos en la semana caótica de las huelga del control de seguridad de El Prat.
Al final pasamos sin problemas y tuvimos mucho tiempo muerto en el aeropuerto.
Lo más duro fue el transfer en Montreal donde tuvimos que volver a recoger y
facturar la maleta que tardó 45 minutos en salir por la cinta. Después de esa
espera nos encontramos con una larguísima cola para el control de seguridad, nada
que envidiar a las imágenes de esos días en Barcelona, y eso sin estar de
huelga. Aunque teníamos unas 3 horas para hacer el transfer con tantas
gestiones parecía que íbamos a perder el avión. Conseguimos saltarnos la cola
de seguridad suplicando y al final el vuelo salió con retraso, así que los
nervios fueron en vano. En el avión había reservado la plaza al lado de la
salida de emergencia para ir más cómodos pero no sabía que entraría un frío
polar por la pared. Eso sí, una vez llegados a Vancouver todo fue sencillo. El
metro y el autobús rápidos y puntuales. Y llegamos al apartamento 24horas
después de habernos levantado.
Paseo por el Waterfront y distrito financiero
El primer día de estancia en Vancouver decidimos reproducir
los estereotipos de género. Los chicos se fueron a cazar ballenas, orcas, focas
y leones marinos (con su cámara de fotos) y las chicas nos fuimos a pasear y
recorrer la ciudad en una visita guiada.
El paseo por el Waterfront es una delicia. Altísimos
edificios de cristal justo al borde del puerto repleto de barcos, los
hidroaviones que despegan y aterrizan constantemente pero donde reina un
silencio increíble y la gente pasea, corre, va en bicicleta o hace yoga en los
grandes espacios verdes. Ese primer contacto con Vancouver ya nos muestra que
es una ciudad de contrastes.
Al final del paseo por el frente marítimo llegamos al Canada
Place que es uno de los lugares emblemáticos de la ciudad se nos antoja un
lugar bastante extraño que recorremos desconcertadas sin encontrar ningún encanto.
Ciertamente lo más interesante era un encuentro de yoga que se celebraba allí
mismo.
Vancouver recuerda mucho a Manhattan con sus rascacielos de
cristal y sus generosas y abundantes zonas verdes. La llaman la ciudad de
cristal por la cantidad de edificios de ese material que se construyen. Una
pequeña Gran Manzana mucho más asequible porque es más pequeña. La zona
financiera recuerda tanto a Wall Street con sus altos edificios donde queda
sumergida la catedral que se nos antoja casi un decorado de cartón piedra por
fuera, aunque por dentro es mucho más bonita y acogedora.
Visitamos el Edificio de la Marina decorado en Art Deco que
recuerda mucho al Rockefeller Center. Incluso tienen parques interiores dentro
de los rascacielos como en NYC para que la gente pueda disfrutar de zonas verdes
en los fríos días de invierno.
Vancouver es una ciudad progresista, ecologista y moderna.
La guía se queja de que tienen un alcalde hippie que está imponiendo zonas
verdes, carriles bicis y parques a 5 minutos andando de cualquier punto. Incluso tiene una ley que permite construir
los altos edificios en la zona financiera con el compromiso que las empresas se
han de hacer cargo del mantenimiento de los edificios históricos que quedan atrapados
en la zona. No sé si los empresarios están muy de acuerdo con esta medida, pero
al edificio de enfrente de la catedral de Vancouver le pusieron de nombre 666.
Otra medida que ha impuesto la ciudad de Vancouver a las
empresas que construyen rascacielos es que puesto que sus construcciones están
alterando el paisaje urbano con los altos impuestos que pagan se financian
obras de arte en la zona. Así la cementera por ejemplo tiene sus silos pintados
de forma mucho más atractiva que el marrón polvoriento tradicional.
Gastown, el casco histórico de Vancouver, y Greenville Island
Después de comer unas ensaladas de col Kale que encajan muy
bien con el ambiente saludable y moderno de la ciudad recorrimos el centro
histórico de Vancouver. Gastown es el barrio más antiguo de la ciudad que data
del siglo XIX y del que sólo se conservan 3 o 4 calles adoquinadas con sus
casas bajas de ladrillo y sus farolas engalanadas con flores. Recuerda bastante
al centro de Dublín. El barrio toma su
nombre de Gassy Jack, el primero que puso un bar en aquella zona y
podríamos decir que fundó el barrio. Una estatua de bronce recuerda su figura.
En la esquina de enfrente hay un edificio que recuerda muchísimo al Flatiron de
NYC, pero nuevamente de medida más reducida.
El principal atractivo es el Steam Clock, un reloj construido
a semejanza del Big Ben de Londres que expulsa vapor y silba cada 15 minutos.
Invertimos bastante tiempo en vano en encontrar un lugar
para cambiar dinero y al final después de correr un poco llegamos en autobús
puntuales a la siguiente visita guiada por el Greenville Island. Al saber que
éramos de Barcelona, el guía nos explicó que había estado en el Michael Collins
de Sagrada Familia y explicó al resto del grupo que en nuestra ciudad se había
despertado una oleada de turismofobia que intentamos argumentarles sin mucho
éxito.
La visita guiada de la tarde nos llevó a conocer Greenville
Island, una isla que recordaba vagamente al barrio de Poblenou de Barcelona.
Había sido una isla de pescadores, luego había tenido un uso industrial con
muchas naves industriales, fábricas, talleres. Actualmente han revitalizado el
barrio con tiendas de artesanos que nos pareció un poco un parque temático.
La ciudad de los contrastes
Allí nos encontramos con los chicos que habían regresado de
su expedición habiendo cazado algunas orcas y leones marinos. Juntos nos
aventuramos hasta Chinatown que resultó ser una zona bastante decepcionante donde
lo más destacados eran la concentración tan elevada como no habíamos visto
nunca de personas sin hogar y toxicómanos andando o sentados en las aceras en
apenas 3 o 4 calles. Vancouver es una de las ciudades más caras del mundo y
evidentemente eso provoca enormes desigualdades y polarización social de una
parte de la población que no puede permitirse los desorbitados precios de su
nivel de vida. Resulta chocante que con lo moderna, ecológica, progresista que
parece luego haya apartado a un barrio a las personas que quedan desenganchadas
del sistema.
Regresamos caminando por el Waterfront y esta vez el paseo
fue igual de hermoso con la luz del atardecer cayendo sobre los barcos y los
edificios de cristal. Decidimos cenar en uno de los muchos restaurantes de
sushi cercanos al apartamento, puesto que habíamos leído que el pescado y el
sushi en la ciudad eran de gran calidad.
Habitualmente suelo escuchar reportajes de Radio France en
los trayectos en transporte público. Principalmente los escucho por mantener mi
nivel de francés con poco esfuerzo pero profesionalmente también es interesante
recuperar ese género cada vez menos cultivado, y por cierto, muy meritorio pues
tienes que conseguir que el oyente te siga sólo a través del oído. Y de vez en
cuando te permite descubrir alguna historia que es una joya preciosa.
Es lo que me pasó este verano cuando conocí la fascinante
historia de Louise Pikovsky y también del trabajo periodístico que hizo posible
recuperarla.
La historia del hallazgo
Todo comenzó en 2010 cuando una profesora de matemáticas de
un instituto público de París buscaba un armario para su aula y la mandaron a
una zona del edificio donde almacenaban muebles antiguos. Allí encontró un
paquete con un manojo de cartas, libros escolares, una fotografía de clase y
una Biblia de la Segunda Guerra Mundial. Era un paquete dirigido a una antigua
profesora de lengua del instituto, Miss Malingrey, y pertenecía a una antigua
alumna, Louise Pikovsky, una estudiante judía de secundaria que entre 1942 y
1944 había mantenido correspondencia con su maestra. La última carta escrita
con letra temblorosa era la que acompañaba al paquete y databa del 22 de enero
de 1944, el día en que fue arrestada con su familia por los nazis. La carta
comenzaba diciendo “Si je reviens un jour” (si algún día regreso) donde le confía
a su profesora unos libros que no son suyos para que los devuelva y le pide que
le guarde unas cartas que le gustaría recuperar cuando vuelva . Louise no
regresó. Junto a sus padres y sus hermanos fue internada en Drancy y deportados
a Auschwitz donde no sobrevivirían.
El documental lee las cartas donde se vislumbra que es una
alumna madura y brillante. Louise le da las gracias en repetidas ocasiones a su
profesora por hacerle llegar libros y material para estudiar así como comida.
Las compañeras de Louise recuerdan como un día simplemente dejó de asistir a
clase un día.
No son cartas sobre la guerra y la persecución de los judíos,
sino más bien emotivas letras sobre las reflexiones y dudas de adolescente
inquieta y madura. Sobre la felicidad, sobre el amor, sobre la falta de amigas
en el colegio, sobre la religión, sobre el papel de la mujer, sobre la libertad.
Como hiciera Anna Frank en las mismas fechas no muy lejos de allí. De todas
formas, Louise no puede abstraerse de la
angustias de los acontecimientos de su vida. Su padre será unos de los 13.000
judíos detenidos en París durante el verano de 1942 que estuvieron hacinados en
el Velódromo de Invierno, una de las historias más vergonzosas del papel de
muchos ciudadanos franceses en la II Guerra Mundial. Louise explica cómo le
hacen llegar paquetes con ropa a su padre.
Impactada por este hallazgo, la profesora intenta recuperar
la memoria de esa alumna y el resto de estudiantes judías que murieron durante
la II Guerra Mundial. Sin embargo, no encuentra ningún apoyo en su aventura.
Desmotivada, se da por vencida. Y unos años más tarde, cuando se jubila, le
entrega ese tesoro a Khalida Hatchy, otra maestra del instituto especializada
en documentación histórica. Consciente del valor de aquel legado, Hatchy se
pone inmediatamente en contacto con una periodista que conoce, Stephanie
Trouillard, que trabaja realizando reportajes históricos.
La historia de la investigación periodística
Aquí empieza otro elemento interesante de la historia que va
más allá de la figura de Louise Pikovsky. El reportaje muestra como si de una
película de intriga se tratara la ardua investigación de las dos mujeres por
reconstruir la vida de la antigua alumna y descubrir qué sucedió después de ser
deportada. Durante un año de trabajo, la profesora y la periodista encuentran
testigos, antiguas compañera de Louise, vecinos, familia que sobrevivió y ahora
reside en Israel y recuerdan a Louise, incluso personas que compartieron el
mismo tren con destino a Auschwitz.
Todo este trabajo de investigación lo recogen en un
documental y en una web donde podemos leer las cartas de Louise, ver fotografíes,
escuchar testimonios. Un trabajo
periodístico y de memoria histórica excelente y muy meritorio.
La historia del trabajo educativo
La tercera pieza de interés también tiene que ver con la
memoria histórica pero además con la educación. No conforme con el brillante
trabajo realizado, la profesora Khalida Hatchy decide continuar con la primera
intención de la maestra jubilada que encontró las cartas: recuperar el nombre
de todas las alumnas del instituto asesinadas en los campos de concentración. Han
recuperado la figura de una estudiante, pero “ha habido más Louise en el
instituto?”
Con esta idea, la profesora decide implicara los alumnos
actuales del instituto en esta investigación. Así pues, crea grupos de trabajo
con los estudiantes de secundaria que se convierten en detectives de la
historia. Buscan en los archivos, contrastan información, se documentan,
recuperan datos, et. Los alumnos realizan un estupendo aprendizaje de cómo
buscar información y al mismo tiempo aprende sobre la historia reciente de su país
de la forma más cercana: a través de las historias de estudiantes como ellos
que ocuparon aquellas mismas aulas. El reportaje radiofónico aporta los
testimonios de algunos alumnos profundamente impactados por conocer el sufrimiento
y el cruel destino de otros estudiantes como ellos: toda una enseñanza de vida.
Al final entre la investigación periodística y la de los
estudiantes se lograron recuperar el nombre de 5 alumnas: Louise, Lucie,
Hélène, Anna y Berthe no quedaran en el olvido. Como deseaba la profesora
descubridora del paquete, el objetivo es poner una placa conmemorativa en la
entrada del instituto, un bonito gesto pero pienso que es mucho más valioso y
duradero el impacto que tendrán esos nombres en la vida de los alumnos que los
encontraron.
Finalmente, una información también emotiva del reportaje es
que nos explica que la profesora destinataria de las cartas de Louise, Miss
Malingrey, nunca olvidó a su alumna. Además de intentar en vano descubrir qué
había sucedido con ella, la profesora que murió con 98 años escribió unas
emotivas palabras en recuerdo de Louise en unos materiales que realizaron a mediados
de los 90 con motivo de un aniversario del colegio. También es reconfortante
descubrir que pese a la mezquindad de muchos franceses en esa época que miraron
para otro lado o incluso delataron a sus vecinos, otros ayudaron a sus
conciudadanos judíos como pudieron: con apoyo moral y material, mandándoles
libros y comida.
La historia de Louise, la del descubrimiento de sus cartas,
la de la investigación periodística y la del trabajo de los alumnos en el
instituto me pareció tan valiosa y emocionante que es una lástima que no haya
traspasado la frontera y yo lo haya
descubierto casualmente manteniendo mi nivel de francés.
Recursos
- "Atelier de médias". Radio France. "Si je reviens un jour", reportaje radiofónico sobre la historia de Louise Pikovsky