Llegamos a Valladolid a mediodía y descubrimos que hay que restar otra hora más. En Yucatán hay dos usos horarios. Compramos comida en el supermercado. Por la tarde, salimos a descubrir la ciudad. El hotel está al lado de la calzada de los frailes, una calle preciosa de casa de colores que lleva a la plaza donde está el convento de San Bernardino.
Fundada en 1543 por Francisco de Montejo, para dominar la región a la
llegada de los españoles. La ciudad estuvo en otro lugar cercano pero fue
traslada debido a la insalubridad de la zona (enfermedades por los mosquitos).
Como es habitual en otras ciudades, construyeron la catedral sobre un antigua
Pirámide maya. Esta catedral fue años más tarde fue cambiada de orientación por
una razón que no acabamos de entender porque tuvimos el guía de freetour más
surrealista que he conocido. Frente a la catedral hay una preciosa plaza con
una fuente y bancos, paraditas, niños, palomas, mayores, mucha actividad y
alegría. La humedad es bastante agobiante, y los insectos son aún más
insistentes que en Cobá. Al día siguiente vistamos el convento franciscano de
San Bernardino de Siena de 1552 es el más antiguo de la América continental.
En la plaza por la noche hay música en directo, actuaciones de baile y a
las 21.00 un espectáculo de mapping con la historia de la ciudad proyectado en
la fachada del convento. Además, es un lugar lleno de restaurantes de precios
diversos donde cenamos varias noches. Una de las noches en El Paladar del cura
que fue uno de los restaurantes donde mejor comimos del viaje y aprovechamos
para alejarnos de los tacos y los burritos y experimentar con la comida
yucateca.
En medio de Valladolid hay también un cenote urbano, uno de los pocos en
medio de la ciudad. Como abren más tarde de lo previsto tenemos que estar largo
rato haciendo cola mientras nos devoran los insectos los tobillos.
A última hora, decidimos no visitar la ruinas de Ek Balam que están a un rato de Valladolid porque sin ser un conjunto de ruinas de las más relevantes descubrimos antes de salir hacia allí que la entrada vale 98 pesos (menos de 6 euros) pero luego hay un suplemento adicional en impuestos para extranjeros de 461 pesos, lo que hace que la entrada sea tan cara como la de Chichen-Itzá.
Chichen-itzá
Por supuesto, una excusión obligada desde Valladolid tiene que ser Chichen-Itzá. Nos acercamos a un garaje a las 7.30 de la mañana para tomar un colectivo. Evidentemente, el colectivo no tiene horario. Y sale cuando se llena. Somos 13 personas. Sólo 4 somos turistas, el resto son trabajadores que van cargados con fardos de souvenirs para vender en las ruinas y algunos bajan en hoteles cercanos. Al llegar contratamos un guía que como no encuentra más clientes se dedica sólo a nosotros. El guía nos ilustra sobre los fabuloso conocimientos de los mayas en matemáticas, física, astronomía, meteorología. La descripción de cada detalle de la pirámide ya es fascinante, cómo está construida con toda una simbología de los meses del año solar y del año lunar y de la unión de los dos calendarios, la representación de los tres mundos en conexión con el resto de edificios de la zona, la elección de la orientación de la pirámide y su construcción pensada para que cada 21 de marzo y 22 de septiembre con el equinoccio a las 16 horas baje una serpiente emplumada deslizándose por los escalones a través del juego de sombras. También es sorprendente la acústica donde las palmas reproducen el sonido del quetzal.
Visitamos el templo militar, el juego de pelota, y el resto de templos del
recinto, ya por nuestra cuenta.
A medida que avanza la mañana la afluencia de turistas y grupos organizados aumenta, también es pesado la insistencia de los vendedores de souvenirs y el sol es despiadado. Regresamos en colectivo (que justo se llena cuando llegamos nosotros, qué afortunados, por una vez no hay que esperar!!) a Valladolid.
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