El pueblo está divido en dos zonas, a un lado y otro de la zona
arqueológica. Nuestro hotel estaba en la zona más alejada de la carretera
principal. Casas con montones de perros en la puerta que vagan por el pueblo, apenas
una escuela, un colmadito, y eso sí, dos iglesias, una enfrente de la otra haciendo
servicio a la misma hora y repletas de feligreses cantando apasionadamente. El Hotel
Nojoch era un pequeño paraíso, de calma, paz, descanso. Apenas nosotros y una
familia francesa estábamos alojados en el hotel. El dueño era encantador y
atento, nos dio todas las facilidades del mundo.
Fuera de la zona arqueológica, no nos encontramos a ningún turista más.
En la zona arqueológica visitamos las bonitas reinas dispersas en medio de la selva. Al contrario de Tulum donde todo estaba concentrado en poco espacio, puedes dedicar dos horas a pasear por la selva descubriendo rincones como la pirámide, la iglesia, el observatorio, el juego de pelota, las estelas. De hecho, la mayoría de los visitantes (hay pocos, nada masificado) alquilan bicitaxis o una bicicleta por apenas 3 euros para recorrer la zona. Cobá fue una de las ciudades mayas más importantes con más de 70km2, situada en un cruce de caminos, era un punto estratégico fundamental. Ahí confluían los famosos caminos blancos mayas, pavimentados de piedra caliza y estuco. Tuvo su esplendor entre los años 800 y 1.000 d.C y cuando llegaron los españoles en 1550 ya llevaba mucho tiempo abandonada La frondosa vegetación nos protege del sol abrasador que nos recibe al salir de nuevo al pueblo. Después de descansar un poco, el dueño del hotel nos presta unas bicis para ir a un cenote a bañarnos.
Nos dice que le cenote está a 25 minutos caminando, pero el hombre no ha
calculado bien la distancia porque Google me marca 7km. Menos mal de la bici.
Después de un breve momento de pánico (aún no me siento segura con la bici, no
llego con los pies al suelo y no tiene frenos a los que estoy acostumbrada así
que tengo que aprender a frenar pedaleando hacia atrás, con el agravante que
todos los perros del barrio se acercan a nosotros al pasar con la bici), nos adentramos
en la carretera para ir al cenote. Voy muerta de miedo por la carretera pero
por suerte hay poca circulación a esa hora. Son las 3 de la tarde. Hace mucho
sol y humedad. Así que cuando llegamos, el agua fresca de la cueva donde está
el cenote nos parece el paraíso. Hay poca gente, apenas una familia y dos o
tres parejas. El ambiente es silencioso, apacible, íntimo. Muy agradable. Pero hay
que volver. De regreso, se me sale la cadena y tengo que frenar con las punta
de las zapatillas deportivas en el suelo.
Cenamos en el único bar del pueblo, donde somos los únicos clientes.
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