
Ha sido emocionante leer “La Habana para un infante difunto” de Guillermo Cabrera Infante durante el tiempo que he estado en La Habana. Emocionante por tropezarse de pronto, sin premeditación alguna, con los escenarios de las peripecias amorosexual del protagonista. Y especialmente porque no hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para reconocer estos lugares, debido al extraordinario fenómeno de vivir en una burbuja del tiempo que experimenta esta ciudad. Y este país. Los edificios, las calles, los coches se me antojaban asombrosamente tal cual los describía Cabrera Infante recreando los años 40 y 50 del siglo pasado.

Sin duda, el protagonista (del que nunca conocemos su nombre, tal vez porque comenta en diversas ocasiones la vergüenza que le da llamarse así) tiene una fijación enfermiza por el sexo, y por el sexo femenino para ser más específicos. Por todas, menos por su esposa (personaje femenino que es como un fantasma del que nada conocemos y que sólo aparece en dos ocasiones, llorando y lamentándose de sus evidentes infidelidades). Lo más terrible es que lo que en la adolescencia se nos presenta como enamoramientos platónicos de un muchacho sensible … luego se transforma en una sucesión de conquistas consumadas con un total desprecio por su objeto de deseo, por la mujer, que una vez utilizada pasa a ser una más en la lista de hazañas sexuales. A través del sexo, se obsesiona con dos mujeres (Julieta y Margarita) y me ha recordado a otros personajes intelectuales, de buena familia, con una posición acomodada, con una apariencia de respetabilidad y serenidad. He recordado al conde Laszlo Almansy de “El paciente inglés” o al protagonista de “El museo de la inocencia” de Orhan Pamuk que estoy también leyendo actualmente. Son personajes intensos, nostálgicos, apasionados, enamorados perdidamente de un lugar: El Sahara, Estambul, La Habana. Y enamorados obsesivamente de mujeres que no les pertenecen.
El giro final es sorprendente e ingenioso, me ha hecho recordar un extravagante corto en blanco y negro que aparece en medio de la película “Hable con ella". Y aunque en el fondo es el coherente final para un personaje cuya existencia gira en torno al sexo femenino, no acaba de encajarme con el tono evocador y verosímil del resto de la novela.
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