
Es asombrosa la capacidad de abstracción de Drexler para hablar de nada en concreto una hora pero mantener tu atención, e incluso deleitarte con los que estás escuchando, aunque sea una digresión sobre el ruido que hacen los aires acondicionados. Así comenzó la charla, pidiendo que apagaran el aire acondicionado para respetar el silencio de la biblioteca: “los libros además de emitir conocimiento, absorben sonido”, aseguró Drexler ilustrándonos sobre la acústica de los libros y demostrando con una palmada que no se producía eco, sólo “un eco tenue”. Esto que estás oyendo ya no soy yo, es el eco del eco de un sentimiento.
También tuvo palabras para bombillas que iluminaban la biblioteca y que aunque no lo percibamos en un primer momento, también emiten sonido. “El ruido de una máquina encendida constantemente es como un mal olor”, aseguró refiriéndose a los aires acondicionados mientras yo pensaba en mi antigua nevera apestando mi casa durante 5 años. La maquina la hace el hombre, y es lo que lo que el hombre hace con ella.
Y continuando con el tema improvisado de su conferencia aseguró que “yo trabajo más sobre el silencio que sobre el sonido”. E incluso confesó que “los músicos que trabajan conmigo están escogidos por su silencio”. Drexler nos hizo para atención sobre la belleza del silencio compartido que implica una unión, “que todo el mundo esté de acuerdo en algo”. En guardar silencio. Drexler se admiraba que en un concierto, en una conferencia, la audiencia se hace activa cuando se mantiene en silencio, “porque hace algo que consiste en no hacer”. Y en referencia a si percibía las reacciones del público encima del escenario, Drexler reconoció estar muy abierto a todo lo que sucedía pero sin estar demasiado abierto porque “el que piensa arriba del escenario pierde. Porque pierde el hilo”.

Otra fan espontánea le preguntó si a la noche, en la actuación en el Festival de Peralada, iba a cantar “la canción del Óscar”, a lo que Drexler respondió: “no creo, pero la cantaré ahora mismo si me prometes no volver a llamarla la canción del Óscar”, porque ésta canción tiene un nombre y ya existía antes de ganar la estatuilla con la que el intérprete parece tener una relación incómoda, aunque es innegable que el premio le aportó el reconocimiento mundial, o al menos el Conocimiento general, o incluso el éxito. “Etimológicamente éxito significa salida, y en medicina significa muerte”, recordó el antiguo estudiante de Medicina. “El éxito es la muerte de una entidad viva y dinámica, pasa al mundo mineral”.
En la actuación de la noche en el Festival de Peralada, que la lluvia respetó hasta los bises, no cantó efectivamente “al otro lado del rio”, pero sí dos de las canciones de Drexler que más me entusiasman: su versión de la canción “milonga del moro judio” (hay tanta cordura, tanta lucidez en esa letra que me apena que no sea más conocida, que no se enseñe en las escuelas ya sea en la asignatura de Educación a la Ciudadia o en la de Literatura en vez de las rimas de Quevedo con ese aire misógino y racista) y “el pianista del gueto de Varsovia”.
Milonga del morojudio
Por cada muro un lamento
En jerusalén la dorada
Y mil vidas malgastadas
Por cada mandamiento.
Yo soy polvo de tu viento
Y aunque sangro de tu herida,
Y cada piedra querida
Guarda mi amor más profundo,
No hay una piedra en el mundo
Que valga lo que una vida.
Estribillo
Yo soy un moro judío
Que vive con los cristianos,
No sé que dios es el mío
Ni cuales son mis hermanos.
No hay muerto que no me duela,
No hay un bando ganador,
No hay nada más que dolor
Y otra vida que se vuela.
La guerra es muy mala escuela
No importa el disfraz que viste,
Perdonen que no me aliste
Bajo ninguna bandera,
Vale más cualquier quimera
Que un trozo de tela triste.
Estribillo
Y a nadie le dí permiso
Para matar en mi nombre,
Un hombre no es más que un hombre
Y si hay dios, así lo quiso.
El mismo suelo que piso
Seguirá, yo me habré ido;
Rumbo también del olvido
No hay doctrina que no vaya,
Y no hay pueblo que no se haya
Creído el pueblo elegido.
Estribillo
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