diumenge, 5 d’agost de 2012

El Mundo de ayer de Stefan Zweig

Alegría y pesadumbre, esa mezcla de sensaciones me ha dejado la lectura de la autobiografía del escritor austríaco Stefan Zweig, El mundo de ayer. Alegría porque nuevamente un viaje me ha dado la oportunidad de descubrir a este escritor con una narrativa brillante y delicada, y especialmente porque la casualidad ha hecho que entre todos los libros del autor haya caído éste en mis manos que he leído con emoción e intensidad, deseando no llegar nunca al final.


Y pesadumbre porque lo que Zweig explica te llena de tristeza. Aunque cualquiera que le guste la historia conoce perfectamente los hechos que va narrando Zweig, leer en primera persona de manos de este testimonios de excepción estos episodios te hace revivirlos casi 100 años después. Y lo más impacte de todo es que durante toda la lectura he tenido la terrible sensación de estar leyendo argumentos, historias, momentos que podemos trasladar a la situación actual. Tristeza, por lo tanto también, porque la historia se repite una vez tras otra.
Y es que El mundo de ayer a pesar de ser una autobiografía no se explica la vida personal del escritor sino que se trata de un retrato de Europa, del mundo antes de la Segunda Guerra Mundial, de un mundo que se desvanece, que se resquebraja dramáticamente a los ojos de Zweig. En el fondo, el libro es un homenaje a ese tiempo, un intento de capturar el ambiente, el espíritu de una época. A cualquiera que le apasione la historia y que quiera conocer más sobre Austria, pero en general sobre Europa, le recomiendo encarecidamente esta lectura de la que tanto he disfrutado.




Zweig no entra apenas en detalles de su vida privada. Hasta pasadas las trescientas páginas no empiezan a utilizar un súbito plural “nosotros” “nuestra casa” y más adelante aparece “mi esposa”. Y hasta las últimas páginas del libro no nos habla de su madre y de la existencia de un hermano. Eso sí, Zweig se detiene en la descripción de los múltiples artistas con los que mantiene relación a lo largo de su vida, muchos de ellos grandes amigos que tienen mucho más espacio en su vida, al menos a través del libro, que su propia familia. Zweig además es testigo de excepción de momentos inolvidables como asistir como testigo mudo y olvidado a un momento de creación de Rodin, acompañando a Salvador Dalí para pintar un retrato de un moribundo Sigmund Freud, cruzándose su tren en la frontera con la salida al exilio del Emperador del Impero Austrohúngaro que suposo el fin del Imperio. Además de Freud o Rodin, Zweig cuenta entre sus amistades a personalidades como Rilke, Gorki, Strauss, Joyce.


Europa antes de la Primera Guerra Mundial tan similar a Europa hace cinco años


Lo primero que me impresionó al empezar el libro es la actualidad de sus descripción de la Europa de finales del siglo XIX cuando existía una seguridad, una confianza en la modernidad y en el progreso que les hacía pensar que las guerras y las revoluciones eran cosa del pasado y ellos estaban a salvo de ese tipo de alteraciones. Una confianza basada en la modernidad, en el progreso, cada lustro era un escalón que mejoraba la vida del anterior, se avanzaba hacía una vida mejor, la técnica, la medicina, la industria todo iba mejorando la vida de las personas. Fue la época de la invención del teléfono, el avión, la desintegración del átomo, la electricidad, el descubrimiento de la penicilina, las teorías de Darwin, la teoría del psicoanálisis, el derecho al voto, los derechos de los trabajadores. Zweig explica como la gente empezó a acostumbrarse a salir a cenar o comer fuera, a hacer vacaciones, a comprar, a consumir, a hacerse seguros de vida, seguros médicos, planes de pensiones, seguros para entierros, a abrirle cuentas corrientes en los bancos a los niños al nacer, a comprar casas, propiedades, con la certeza que todo aquello era seguro, que avanzaban y nunca iban a retroceder, nunca iban a perder todo aquello. Todo el mundo sabía más o menos cómo iba a ser su vida futura, cuándo se iban a jubilar, cuánto dinero tenían que ahorrar para el futuro. Leyendo esta descripción de esa certeza, esa confianza en la democracia, el futuro, el bienestar, me resulta increíblemente cercana en el tiempo, sólo hace apenas unos cinco años el mundo era así. Hace más de cien años los europeos se habían sentido exactamente igual de confiados que nosotros. Y estaban seguros que nunca habría más guerras en Europa. Madre mía, todo lo que estaba por venir. “Ningú no creia en guerres, revolucions ni daltabaixos. Radicalisme i violència semblaven del tot imposibles en una era de la raó”, explica Zweig i afegeix “Es creia tan poc en recaigudes en la barbàrie (per exemple guerres entre els pobles d’Europa) com en bruixes i fantasmes…. Creien honradamente que les fronteras de les divergències entre nacions i confessions es fondrien a poc a poc en un humanisme comú i que així la humanitat aconseguria la pau i la seguretat, aquells béns suprems”. Si ellos fueron tan ingenuos, ¿por qué no lo íbamos a ser nosotros ahora? ¿Creemos que estamos a salvo de todas las desgracias que asolaron a Europa en la primera mitad del siglo XX? “El segle XIX, amb el seu idealisme liberal, estava convençut d’anar pel camí dret i infal•lible vers el millor dels móns”, assegura en el seu llibre i em sembla que podem canviar segle XIX per finals del segle XX.


En esa época, Viena era una ciudad cosmopolita, moderna, abierta, completamente abocada a disfrutar del arte y la cultura. Se veneraba a los pintores, escritores, escultores, dramaturgos, actores, cantantes, músicos, directores de orquesta. En una ciudad tan admiradora de las artes y los artistas, las diferencias de nacionalidad o religión no tenían ningún tipo de importancia. Se admiraba al artista, fuera de dónde fuera. En esa Viena abierta, moderna, tolerante, activa, dinámica, los judíos como la familia de Zweig eran aceptados y apreciados como ciudadanos, sin ningún tipo de rechazo o reticencia. Por eso, eran muchos los judíos instalados en esta alegre ciudad. Un pequeño detalle de esta descripción de Zweig que me ha llamado la atención es que explica que los alemanes tan trabajadores y eficientes despreciaban a los austriacos porque consideraban que se pasaban el día de fiestas y pensando en pasárselo bien. Estereotipos que también me ha resultado familiares.



La vieja escuela y el rechazo a la juventud


Otro de los capítulos más interesantes (de hecho todos lo son) es la descripción que hace del sistema de enseñanza a finales del siglo XIX. Una escuela que a Zweig se le antoja una tortura por lo poco estimulante del sistema basado en que los alumnos permanecieran sentados y callados durante horas escuchando impasibles y aburridos la lección, repetida año tras años, de un profesor distante, ausente, indiferente, insensible a las necesidades de aprendizaje e intereses de los alumnos. Una escuela fría, estricta, despersonalizada, desnaturalizada, árida, con disciplina de caserna militar. Una escuela que sólo lograba conseguir falta de entusiasmo e interés de los alumnos en lo que enseñaba. Porque por otro lado, Zweig explica como la pasión por saber y conocer de los chavales estaba en pleno estado de efervescencia. Pero no encontraban respuesta a esta pasión en las aulas, así que tenían que buscarla fuera. El autor explica como él y sus amigos se colaban en los estrenos de las obras de teatro, faltaban al colegio para hacer cola para comprar entradas para el teatro, compraban revistas de arte y literatura extranjera, estaban al día de las novedades editoriales de toda Europa, tenían entre sus ídolos a los escritores, músicos, pintores revelación de aquel momento, se colaban en cafés tertulia para asistir en la distancia a los debates culturales. Y todo ello nunca lo sospecharon sus profesores que incluso podían llegar a afirmar que aquel alumno no tenía interés en la literatura. En la literatura que él enseñaba y cómo él la inculcaba.


Otro aspecto interesante de los primeros capítulos es el descubrimiento que en aquella época se veneraba la vejez y se despreciaba cualquier muestra de juventud, algo totalmente opuesto a lo que sucede hoy en día. Zweig explica como la gente luchaba por parecer más mayor, se ponían gafas sin necesitarlas, se dejaban crecer barba, se encanecían el pelo. Todo lo que les hiciera parecer más mayores. De hecho, se consideraba que una persona de cuarenta años no podía ocupar un cargo de responsabilidad. Por ejemplo, explica la polémica que se generó cuando se nombró director de la Ópera de la Corte a Gustave Mahler porque tenía sólo 38 años. Hoy, es todo lo contrario, y una persona que supera cierta edad tiene auténticas dificultades para lograr trabajo (bueno, hoy en día todo el mundo tiene dificultades para conseguir trabajo). Hoy se enaltece la juventud y la gente emprende carreras contra el tiempo para parece más joven de lo que es mediante tintes, cirugía, tratamientos de belleza, ropa juvenil, botox.



El sentimiento europeo y pacifista frente a la I Guerra Mundial


En ese ambiente de seguridad, confianza, progreso el estallido de la I Guerra Mundial coge a la población europea desprevenida. Además, como en casi todas las guerras la población civil no tiene nada que ver con las guerras que se han provocado en despachos diplomáticos y militares. Y aunque los ciudadanos no entienden por qué van a la guerra, los poderes ya se encargan de inflamar los ánimos básicamente fomentando el odio al enemigo, alimentando el rechazo por los países vecinos, por los habitantes de los países del al lado que como ellos nada tienen que ver con esa guerra. Así el poder logra difundir un espíritu patriótico y nacionalista generado en base al odio al contrario que logra mantener la moral durante un tiempo y que los soldados vayan al frente sin rechistar y sin hacerse demasiadas preguntas.


Para muchos intelectuales como Zweig que se sienten más europeos que nacionalistas de su propio país la guerra les coloca en una situación incómoda y desagradable. Eran artistas que se habían sentido ciudadanos del mundo, viajando por toda Europa, hablando varios idiomas, viviendo en París, Bruselas, Londres, Milán, Berlín, teniendo colegas y amigos en todo los países. Y que de pronto son considerados enemigos en los países que están en el otro bando y ellos tienen que odiar a los que hasta hace un mes eran sus amigos. Algunos de ellos, generándose muchos problemas y dificultades en sus propios países, deciden saltarse esos límites y siguen teniendo relación con sus colegas al otro lado de las líneas. Incluso algunos como Zweig intentan organizar una protesta intelectual contra la guerra, en un momento en que ser pacifista podía ser considerado una traición a la patria.



Me ha resultado interesante comprobar que el sentimiento europeo no se ha cultivado sólo en los últimos treinta años con la creación de la Unión Europa, no es un invento reciente sino que era un espíritu que ya existía a finales del siglo XIX. También es triste comprobar como una vez más el poder utiliza a los ciudadanos generando el odio contra el otro para tenerlos a su servicio. Desgraciadamente, esto tampoco es ajeno a nuestros días.




El libertinaje y el caos de entreguerras



Cuenta Zweig en su autobiografía como después de la dureza, las miserias y penurias de la guerra, sobreviene un periodo de desenfreno, libertinaje, extravagancias, de traspasar los límites, pero también de innovación y creación para el arte como son los movimientos de vanguardia, el surrealismo. Para un hombre comedido, mesurado y discreto como Zweig, todo este ambiente de perversión y experimentación le parece un punto desvergonzado y caótico.


Sin duda, a pesar de algunas actitudes y comportamientos más extremos, en general esta época abrió una ventana de aire fresco y permitió una libertad a la población (en la vestimenta, en las costumbres, en las relaciones entre hombres y mujeres, en la posición de la mujer en la sociedad, …).



Paralelamente a estos cambios sociales, en Austria y Alemania se vive la derrota de la guerra que viene acompañada de una brutal inflación. Una inflación que hace que la población pierda todos sus ahorros porque la moneda deja de tener valor, en el que un huevo valía lo que ants de la guerra un coche, que la leche comprada por la tarde costara 100 veces más que por la mañana. Zweig explica que paradójicamente una situación que tendría que hacer que la gente fuera gritando por la calles y se mantuvo el orden, la gente siguió viviendo, haciendo su vida, continuando. Zweig hace una descripción del momento que bien podríamos aplicar a nuestros días: “els rics van esdevenir pobres perquè els diners se’ls fonien els bancs o en fons públics, i els especuladors es feien rics”



Y en medio de tanta libertad y tanto caos… se valoró tanto que viniera alguien a imponer orden.




La llegada de Hitler al poder



En un momento del libro, Zweig cita un proverbio ruso que explica que los alemanes valoran mucho más el orden que la libertad. Y es que después de que los políticos, los militares y los diplomáticos metieran al mundo en la I Guerra Mundial, tras un tiempo volvieron a las andadas a jugarse la vida de la población en los despachos.


En El Mundo de ayer, Zweig va desgranando pequeños episodios que parecen sencillas anécdotas pero que va mostrando como el nacionalsocialismo va extendiendo sus garras por Alemania y Austria, así como el fascismo en Italia. Pequeños grupos de jóvenes vehementes, bien entrenados, ordenados, equipados con armas, uniformes, coches, motos (¿quién está poniendo tanto dinero en proveer a esos jóvenes? Se pregunta Zweig) van atemorizando a la población apareciendo en pequeñas fiestas locales, manifestaciones, encuentros. Y como de la manera más sencilla Hitler llega al poder engañándolos a todos. Utiliza la estrategia de pactar y hacer promesas con todos los partidos antes de las elecciones para asegurarse su apoyo. Hasta el punto que según Zweig casi todos los partidos se alegran cuando Hitler gana las elecciones. Aunque luego no cumple ni una sola de sus promesas y no les da nada a cambio de su apoyo previo. Pero mientras ya ha alcanzado el poder. Y la mayoría no le da importancia precisamente porque según Zweig en una Alemania tan clasista nadie creía que un tipo que sólo tenía estudios primarios pudiera gobernar un país. Pero Hitler se queda y sigue engañando a todo el mundo: se dedica a no mostrar claramente sus cartas más brutales, a no atacar directamente a la democracia, a no enseñar sus verdaderas intenciones sino a ir poco a poco socavando el sistema, poniendo a prueba su resistencia, recortando derechos poco a poco, pero con pequeños pasos para no generar una reacción de protesta, no demasiado grandes, no lo suficientemente importantes como para que el pueblo se oponga. Pero al final cuando quieren darse cuenta han perdido la libertad y la democracia por el camino. Y volviendo a la actualidad, ¿acaso todo esto no está sucediendo hoy en día? ¿no nos están recortando nuestros derechos poco a poco, sin un tajo dramático sino con pequeñas heridas por las que nos estamos desangrando?



El desamparo del apartida


Como judío, los libros de Zweig pasan a prohibirse en Alemania y logra a tiempo huir a Inglaterra. Cuando Alemania se anexiona Austria en 1938 y Austria deja de existir, Zweig deja de tener patria. No puede ser austríaco porque no existe este país, ni tampoco alemán porque es judío, así que empieza aquí un periodo muy doloroso para él del que Zweig ya no verá el fin que es convertirse en apátrida. Él que había viajado por todo el mundo sin pasaporte, que se había sentido ciudadano del mundo, pasa a sentirse ciudadano de segunda, por vivir de prestado gracias al permiso de otro país. Un sentimiento que ya no lo abandonará nunca.


También resulta revelador para nuestros tiempos como Zweig explica la seguridad que se tenía en Austria y en Europa antes de la anexión de Alemania. “Europa no lo permitirá” “Europa no nos dejará caer” “La Liga de las Naciones (luego la ONU) lo impediría”. Y al final lo hizo y nadie lo impidió, y nadie puso el grito en el cielo. Ahora también pensamos que no nos dejaran caer, que no lo permitirán. Como antes ellos, ¿somos unos ilusos?

Tras la anexión de Austria se extiende por Francia e Inglaterra el pánico a la guerra. Un pánico que juega a favor de Hitler. Es tremenda la descripción que hace Zweig de cómo los gobernantes de Francia e Inglaterra se arrastran ante Hitler, aceptando todo tipo de concesiones, para suplicar la paz. Un pacifista como Zweig se pregunta ¿la paz a cualquier precio? ¿dónde está el límite? Ya se ha entregado a Austria y luego Checoslovaquia a cambio de la paz de Inglaterra y Francia, ¿con qué derecho? Porque entregar esos países a Alemania no es un mero papel, significa que pierden su democracia, sus derechos, el terror de la población, los refugiados judíos, la detención de los opositores, los campos de concentración. Inglaterra y Francia fueron capaces de vender todas esas vidas humanas a cambio de su paz, ¿serán capaces otros países Europeos de permitir nuestra caída a cambio de su bienestar económico? Me dan escalofríos.


Las últimas páginas de “El món d’ahir” son las pesimistas y amargas del libro. Te dejas arrastrar por el terror, el desánimo de un hombre que escribe su autobiografía en 1940 con una lucidez tremenda en su análisis de los últimos años, con una perspectiva que parece que escribió el libro 20 años después. Pero no, las palabras de Zweig están escritas en medio del conflicto, y en unos años en que Alemania estaba conquistando el mundo, había invadido ya Polonia, Bélgica, Noruega, Holanda, Francia. En aquel entonces parecía que Hitler iba a conquistar todo el mundo, no se atisbaba la victoria aliada que llegó 5 años después. Es lógico entonces entender el desánimo de Zweig. Y eso que cuando escribió su autobiografía desconocía todos los horrores que se estaban cometiendo contra los judíos. Creo que un alma sensible y elevada como la suya no podría haberlo resistido. De hecho, no pudo resistirlo.



Antes de acabar el libro no he podido evitarlo y he buscado información sobre Zweig en Internet. He quedado desolada al descubrir que el escritor y su mujer se suicidaron en Brasil en 1942 ante el pánico que el nazismo conquistara todo el mundo. Qué desesperación y qué miedo debían sentir para suicidarse. Es lamentable sobre todo sabiendo cuál fue el desenlace de la guerra.

En Internet también he encontrado algunas teorías que aseguran que Zweig no se suicidó sino que fue asesinado por los nazis en represalia porque Brasil había retirado su apoyo a Alemania.

En todo caso, me quedo con la alegría de haber descubierto este escritor, de haber podido leer este libro apasionante, y de la inquietud por reconocer como actuales algunas descripciones de situaciones de hace un siglo.

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